Madrid, 29 de Octubre

Hay noches que están avocadas a ser mágicas y ayer fue una de ellas. En mitad de un océano de puertas cerradas y ventanas selladas a cal y canto, un islote salió a flote para el orgullo de un alma que se resiste a olvidar quien es. No fue fruto de la casualidad, sino de una olvidada energía vital que se había acostumbrado a abandonarme entre cuatro paredes con la triste compañía del eco.
El día fue acumulando buenas noticias y yo, nostálgico de ellas, me fui a celebrarlo. La primera parada no puede ser otra que un rincón que rebosa alcoholismo y amor a partes iguales. Entre la soberbia y el desaire que suelen poblar las terrazas de la Plaza Mayor, ella y yo hemos sabido hacernos nuestro hueco. Allí, con acento gallego, somos, a buen seguro, la envidia de aquellos pobres rebosantes de dinero. Allí se olvidan las penas, los reproches y las hostias con las que se suele divertir Madrid con aquellos que acaban de arribar. Allí se recupera lo mejor de cada uno, se recuerdan los verdaderos motivos por los que hemos llegado hasta este lugar. Allí se reencuetra la felicidad que la densa niebla del desamparo trata de disimular a nuestro paso.
Embriagados el uno del otro, buscamos la guinda a una noche perfecta. Buscamos con éxito una pequeña taberna con aires franceses en periodo de entreguerras. Mesas de cabaret, escenario bohemio y humo de tabaco como única atmósfera respirable. Luz tenue, fotografías, carteles de aniversario y dos copas frías. Los caprichos del destino nos brindaron una sorpresa más: un artista gaditano. Cada una de las canciones, entonadas por una voz que más temprano que tarde triunfará, estaban bañadas por unas letras que nosotros personalizamos al gusto. Ella no privó a sus ojos de lágrimas y yo volví a sentirme como ese canalla que mostraba la ciudad del sur como si de su puerto se tratase.
Las horas no dudaron en acelerar su paso. Esta vez, más que como venganza, lo interpreté como un regalo. Esa noche no podía terminar en el metro. El paseo de vuelta fue el colofón para caer rendidos en una habitación de la que cada día que pasa me cuesta más abandonar.

Madrid, 26 de Octubre

Final de mes. Apurar la famélica despensa y hurgar cada centímetro del frigorífico, medir cada céntimo con un rigor escrupuloso, regatear el número de cervezas en la noche madrileña, degustar con orgásmica sensación cada bocanada del cigarrillo, sentir el amargor de minutos espesos y longevos, engañar a una acomodada zozobra, tragicomediar las compras insalvables, engarrotar las piernas para contrarrestar amnesia de metro, renunciar a la cultura y al ocio como marionetas contrarreformistas de 1968, alienarse con la supervivencia como única meta...
¿Y qué ocurre cuando este fin de mes es menos agorero que el comienzo del siguiente?

Madrid, 22 de Octubre

He apostado mi futuro laboral a una carta. He vuelto a cribar en exceso las posibles rutas hacia trabajos poco agraciados intelectualmente y, sin embargo, tengo una extraña sensación de tranquilidad que debería inquietarme. La razón de toda esta amalgama de sentimientos puede ser que, tras algo más de un mes, me sienta en casa. La semilla se ha consolidado y comienza a echar raices. ¿Excesiva parsimonia para estar al filo de la navaja? Al fin y al cabo es una carta difusa en el tiempo. Sólo tengo un puñado de buenas intenciones y algunos documentos sin compromiso como aval. De salirme mal el farol, estaría avocado a la más absoluta bancarrota, pero sigo incrementando la apuesta como si fuera el único camino posible.
Mi intenso fervor por burlarme del costumbrismo y del bien establecido me ha llevado a desafiar la fábula de la lechera. He imaginado una nueva vida, lejos de la asfixiante sensación del día a día. No tendría un cuaderno lleno de números que no cuadran, ni tampoco una lista de viajes y diversiones prohibidas. Tampoco tendría cuatro desoladoras paredes que escupen miseria, ni una puerta quebrada, ni una ventana rogando por unos rayos de sol. También he soñado con espacio e intimidad, propicios para no sonrojarme con la visita de la corte de la infanta Elena, con el suficiente menaje para no desesperar a la hora del almuezo y, ¿por qué no?, con un mobiliario menos propio de la España de los cincuenta.
La esperanza se muestra como un arma de doble filo afiladísima. Puede que me arrepienta de estos días en los que el frente de batalla de mis necesidades ha bajado la guardia. En cualquier caso, diviso la baraja como una espada de Damocles aturdida. Ansioso por el reparto... Todo a una carta.

Madrid, 19 de Octubre

Mi pericia por las falanges ennegrecidas del voraz sistema financiero ha concluido. Ni siquiera puedo decir que fue bonito mientras duró. Intentaba camuflar la decadencia bancaria con la ignorancia y la inocencia de los que se cruzaban a mi paso. Mis palabras nunca fueron tan sucias, tan falsas y carentes de moral alguna. Vender era la única finalidad, dando igual todos los medios para alcanzarla. Buscar la perfección profesional sólo tenía un camino: la alienación ciudadana. No debía ver vidas pateando los laberintos de Atocha, sino clientes... Y si atravesaban una situación delicada, hurgar en sus miserias para crearles una necesidad que ni siquiera atisbaban. Acepté unas normas que me convirtieron en un aporofobo y racista despiadado. Si no eras español y tenías contrato de trabajo en vigor, no tenías derecho a escuchar la infame parrafada que repetía sin parar durante seis agonizantes horas.
Y sin embargo me siento frustrado. La firma de la carta de despido reflejaba impotencia. Lejos de una liberación personal, aquel garabato denostaba rabia. Por primera vez, las piezas empezaban a encajar y esto ha sido un nuevo revés. Busco refugio entre la maraña de sentimientos que, cada mañana, me recordaban que yo no era como el resto de comerciales. Pero lo cierto es que acepté serlo y no he sabido aparentarlo. Por segunda vez en mi vida, la mentira ha sido lo suficientemente grande como para atragantarse en mitad del esófago. No he sabido canalizarla y ahora sólo me quedan los ardores de la derrota corroyéndome la garganta.
Aun así, el futuro no es más negro. Sólo necesito otra mierda laboral para aguantar hasta diciembre. Puede que entonces me alegre de haber pertenecido al diablo sólo siete días. Puede que entonces hasta los mire con vanidosa nostalgia.

Madrid, 5 de Octubre

Demasiado novel para trabajos que, sin apasionarme de manera desmedida, aportan cierto reto personal. Excesivamente preparado para trabajos poco agraciados pero que actúan de salvoconducto en situaciones adversas. Este limbo laboral ahoga la esperanza a medida que pasan los días. La desesperación que produce las negaciones o el déspota portazo en las narices en cada entrevista de trabajo minan la ilusión de hacerme un hueco en la gran ciudad.
Ayer, como cualquier otro día de estas malogradas dos semanas, recibí la enésima patada en el culo. Fue incluso más traicionera. Resolvieron que no valgo para arrastrarme, que no tengo capacidad para engatusar mendigando un número de horas al mes que paguen seis metros cuadrados mal contados.
Volví a la línea 7 de metro cabizbajo, pensativo, o quizá ausente. Lo cierto es que ni siquiera las continuadas bocanadas de humo que me suministraba mi último cigarrillo me ayudaban a aclarar un panorama en el que el negro no sería del todo un color desalentador. Justo antes de adentrarme en la boca del subterráneo, leí su nombre: ‘Avenida de la Ilustración’. Me pareció irónico que le hayan quitado su primer apellido a aquel movimiento político en estos tiempos donde al ilustrado sólo le llueven hostias del cielo. Sumido en los ripios de Sabina, viajé en busca de consuelo hacia Legazpi. Pero ayer el destino parecía una hiena hambrienta. Todavía tenía más ganas de humillarme.
Tras el trasbordo por el submundo metropolitano de Madrid, la línea circular me regaló una de las peores sensaciones desde que estoy aquí. Llegó a Méndez Álvaro, abrió sus puertas y decidió, maquiavélicamente, descansar durante cerca de tres minutos. Un aluvión de escalofríos inundaron mi cuerpo en aquel instante. La primera puerta que se me abría de par en par era la del fracaso, la del regreso a un lugar al que, a pesar de haberle llorado, no tengo la más mínima intención de volver. Las caras despistadas y las maletas me recordaron meses atrás, cuando todo era más fácil, pero también más ficticio. Mi mente, incontrolable y perversa en ocasiones, imaginó ese mismo instante un par de meses después. ¿Podría permanecer sentado o me levantaría, derrotado, hacia ese túnel blanco que me escupiría a la cara todas mis necedades? Quizá ese planteamiento sirvió para retomar fuerzas. Mi testarudez puede ser una increíble fuente de supervivencia y, si hay algo que tengo claro, es que no he venido a perder.
El metro arrancó y, con él, se desvanecieron los malos augurios. Se me escapó una tímida sonrisa consoladora. Al fin y al cabo, siempre hay algo que me permita rebajarme más.
Pero la tarde grisácea de Madrid iba a concederme un descanso. Un austero premio de quiniela iba a permitir tomar unas cañas y disfrutar de la mejor compañía. Ninguno disfrutaba de su mejor día, sobre todo en comparación con un fin de semana de ensueño, de esos que habíamos perdido, de esos que tanto echábamos de menos. Sin embargo, risas y miradas cómplices sirvieron de placebo contra un futuro que se enorgullece de su condición de incierto.

Madrid, 28 de septiembre

El regreso lo marcaron sutiles matices y tímidos detalles. Los tonos de voz abandonaron por unos días el matiz paternalista que siempre solían tener. La digestión de una despedida repentina había comenzado y, con ella, las órdenes de antaño evolucionaron a consejos racionales. Quizá eché de menos corazón, pero es que mi adicción compulsiva por la pasión es demasiado voraz hasta para los de siempre.
La noche trajo a los amigos y, aunque tanto protagonistas como escenario eran iguales, mi percepción era distinta. Los minutos, auténticos verdugos sin sentimientos, devoraban guiños y palabras edulcoradas por el alcohol. Algunos instantes resultaron incómodos por la sobredosis de melancolía que desprendían casi todos los movimientos. Volví a confirmar que no me gustan las despedidas pero que, además, las odio cuando soy el motivo.
La mañana de domingo sólo tuvo de rutinario los primeros segundos del despertar así como la paella en familia. La resaca era más densa que de costumbre. Estaba aliñada con unas gotas de nostalgia que tardaron en disimular su sabor. La maleta que solía acompañarme a Madrid fue sustituida, en tamaño y número, por unas bolsas que empaquetaban a partes iguales enseres y recuerdos. El billete, divorciado de la vuelta, era de tren y la llegada a Madrid, solitaria.
Me esperaba una gélida y austera habitación a la que intenté poner candor sin mucho éxito, y a la que abandoné al instante. Al fin y al cabo, necesitaba medicación contra la soledad y la única farmacia abierta me esperaba en Chamartín.

Madrid, 21 de septiembre

Tras una primera semana atípica, uno de mis objetivos principales está cumplido. Quizá no fuese el primordial, pero no por ello menos urgente. El camino necesita dos pies para ser recorrido y, a estas alturas, no me veo ágil para sortear la vida a la pata coja.
Ahora es el dinero, maldito y déspota, el que aprieta el cinturón. No hay tiempo para disfrazarse de profesional sivarita, alejado de la vulgar realidad y cobijado en una pluma que aun no ha demostrado nada. A pesar del morbo que me ha despertado siempre el humo, el alcohol y una habitación parcheada de lamparones de soledad, ahora no es el momento. Empecemos la casa por los cimientos, alumbrado por la incesante luz de una vela de sonrisa y curvas arrebatadoras.
Harto de estar harto de voces desilusionadoras, mi rebeldía intrínseca se erige como el mayor valor para afrontar una cuesta a la que se empeñan en pronosticarle mayor pendiente de la que atisbo. El peor enemigo suele encontrarse en uno mismo, pero creo conocerle lo suficiente como para burlarle cada una de las zancadillas que plantee ponerme. Así fue siempre y no tiene por qué cambiar.
Ahora es momento de un timorato paréntesis. Mi recién estrenada licenciatura así lo exige y, en una hora escasa, me espera la mejor compañía para celebrarlo. Después, seguiré remando incansablemente hacia Puerto Felicidad. Pese a quien pese.