Madrid, 19 de Octubre

Mi pericia por las falanges ennegrecidas del voraz sistema financiero ha concluido. Ni siquiera puedo decir que fue bonito mientras duró. Intentaba camuflar la decadencia bancaria con la ignorancia y la inocencia de los que se cruzaban a mi paso. Mis palabras nunca fueron tan sucias, tan falsas y carentes de moral alguna. Vender era la única finalidad, dando igual todos los medios para alcanzarla. Buscar la perfección profesional sólo tenía un camino: la alienación ciudadana. No debía ver vidas pateando los laberintos de Atocha, sino clientes... Y si atravesaban una situación delicada, hurgar en sus miserias para crearles una necesidad que ni siquiera atisbaban. Acepté unas normas que me convirtieron en un aporofobo y racista despiadado. Si no eras español y tenías contrato de trabajo en vigor, no tenías derecho a escuchar la infame parrafada que repetía sin parar durante seis agonizantes horas.
Y sin embargo me siento frustrado. La firma de la carta de despido reflejaba impotencia. Lejos de una liberación personal, aquel garabato denostaba rabia. Por primera vez, las piezas empezaban a encajar y esto ha sido un nuevo revés. Busco refugio entre la maraña de sentimientos que, cada mañana, me recordaban que yo no era como el resto de comerciales. Pero lo cierto es que acepté serlo y no he sabido aparentarlo. Por segunda vez en mi vida, la mentira ha sido lo suficientemente grande como para atragantarse en mitad del esófago. No he sabido canalizarla y ahora sólo me quedan los ardores de la derrota corroyéndome la garganta.
Aun así, el futuro no es más negro. Sólo necesito otra mierda laboral para aguantar hasta diciembre. Puede que entonces me alegre de haber pertenecido al diablo sólo siete días. Puede que entonces hasta los mire con vanidosa nostalgia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario