Madrid, 21 de septiembre

Tras una primera semana atípica, uno de mis objetivos principales está cumplido. Quizá no fuese el primordial, pero no por ello menos urgente. El camino necesita dos pies para ser recorrido y, a estas alturas, no me veo ágil para sortear la vida a la pata coja.
Ahora es el dinero, maldito y déspota, el que aprieta el cinturón. No hay tiempo para disfrazarse de profesional sivarita, alejado de la vulgar realidad y cobijado en una pluma que aun no ha demostrado nada. A pesar del morbo que me ha despertado siempre el humo, el alcohol y una habitación parcheada de lamparones de soledad, ahora no es el momento. Empecemos la casa por los cimientos, alumbrado por la incesante luz de una vela de sonrisa y curvas arrebatadoras.
Harto de estar harto de voces desilusionadoras, mi rebeldía intrínseca se erige como el mayor valor para afrontar una cuesta a la que se empeñan en pronosticarle mayor pendiente de la que atisbo. El peor enemigo suele encontrarse en uno mismo, pero creo conocerle lo suficiente como para burlarle cada una de las zancadillas que plantee ponerme. Así fue siempre y no tiene por qué cambiar.
Ahora es momento de un timorato paréntesis. Mi recién estrenada licenciatura así lo exige y, en una hora escasa, me espera la mejor compañía para celebrarlo. Después, seguiré remando incansablemente hacia Puerto Felicidad. Pese a quien pese.

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