Madrid, 22 de Octubre

He apostado mi futuro laboral a una carta. He vuelto a cribar en exceso las posibles rutas hacia trabajos poco agraciados intelectualmente y, sin embargo, tengo una extraña sensación de tranquilidad que debería inquietarme. La razón de toda esta amalgama de sentimientos puede ser que, tras algo más de un mes, me sienta en casa. La semilla se ha consolidado y comienza a echar raices. ¿Excesiva parsimonia para estar al filo de la navaja? Al fin y al cabo es una carta difusa en el tiempo. Sólo tengo un puñado de buenas intenciones y algunos documentos sin compromiso como aval. De salirme mal el farol, estaría avocado a la más absoluta bancarrota, pero sigo incrementando la apuesta como si fuera el único camino posible.
Mi intenso fervor por burlarme del costumbrismo y del bien establecido me ha llevado a desafiar la fábula de la lechera. He imaginado una nueva vida, lejos de la asfixiante sensación del día a día. No tendría un cuaderno lleno de números que no cuadran, ni tampoco una lista de viajes y diversiones prohibidas. Tampoco tendría cuatro desoladoras paredes que escupen miseria, ni una puerta quebrada, ni una ventana rogando por unos rayos de sol. También he soñado con espacio e intimidad, propicios para no sonrojarme con la visita de la corte de la infanta Elena, con el suficiente menaje para no desesperar a la hora del almuezo y, ¿por qué no?, con un mobiliario menos propio de la España de los cincuenta.
La esperanza se muestra como un arma de doble filo afiladísima. Puede que me arrepienta de estos días en los que el frente de batalla de mis necesidades ha bajado la guardia. En cualquier caso, diviso la baraja como una espada de Damocles aturdida. Ansioso por el reparto... Todo a una carta.

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