Madrid, 28 de septiembre

El regreso lo marcaron sutiles matices y tímidos detalles. Los tonos de voz abandonaron por unos días el matiz paternalista que siempre solían tener. La digestión de una despedida repentina había comenzado y, con ella, las órdenes de antaño evolucionaron a consejos racionales. Quizá eché de menos corazón, pero es que mi adicción compulsiva por la pasión es demasiado voraz hasta para los de siempre.
La noche trajo a los amigos y, aunque tanto protagonistas como escenario eran iguales, mi percepción era distinta. Los minutos, auténticos verdugos sin sentimientos, devoraban guiños y palabras edulcoradas por el alcohol. Algunos instantes resultaron incómodos por la sobredosis de melancolía que desprendían casi todos los movimientos. Volví a confirmar que no me gustan las despedidas pero que, además, las odio cuando soy el motivo.
La mañana de domingo sólo tuvo de rutinario los primeros segundos del despertar así como la paella en familia. La resaca era más densa que de costumbre. Estaba aliñada con unas gotas de nostalgia que tardaron en disimular su sabor. La maleta que solía acompañarme a Madrid fue sustituida, en tamaño y número, por unas bolsas que empaquetaban a partes iguales enseres y recuerdos. El billete, divorciado de la vuelta, era de tren y la llegada a Madrid, solitaria.
Me esperaba una gélida y austera habitación a la que intenté poner candor sin mucho éxito, y a la que abandoné al instante. Al fin y al cabo, necesitaba medicación contra la soledad y la única farmacia abierta me esperaba en Chamartín.

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