Hay noches que están avocadas a ser mágicas y ayer fue una de ellas. En mitad de un océano de puertas cerradas y ventanas selladas a cal y canto, un islote salió a flote para el orgullo de un alma que se resiste a olvidar quien es. No fue fruto de la casualidad, sino de una olvidada energía vital que se había acostumbrado a abandonarme entre cuatro paredes con la triste compañía del eco.
El día fue acumulando buenas noticias y yo, nostálgico de ellas, me fui a celebrarlo. La primera parada no puede ser otra que un rincón que rebosa alcoholismo y amor a partes iguales. Entre la soberbia y el desaire que suelen poblar las terrazas de la Plaza Mayor, ella y yo hemos sabido hacernos nuestro hueco. Allí, con acento gallego, somos, a buen seguro, la envidia de aquellos pobres rebosantes de dinero. Allí se olvidan las penas, los reproches y las hostias con las que se suele divertir Madrid con aquellos que acaban de arribar. Allí se recupera lo mejor de cada uno, se recuerdan los verdaderos motivos por los que hemos llegado hasta este lugar. Allí se reencuetra la felicidad que la densa niebla del desamparo trata de disimular a nuestro paso.
Embriagados el uno del otro, buscamos la guinda a una noche perfecta. Buscamos con éxito una pequeña taberna con aires franceses en periodo de entreguerras. Mesas de cabaret, escenario bohemio y humo de tabaco como única atmósfera respirable. Luz tenue, fotografías, carteles de aniversario y dos copas frías. Los caprichos del destino nos brindaron una sorpresa más: un artista gaditano. Cada una de las canciones, entonadas por una voz que más temprano que tarde triunfará, estaban bañadas por unas letras que nosotros personalizamos al gusto. Ella no privó a sus ojos de lágrimas y yo volví a sentirme como ese canalla que mostraba la ciudad del sur como si de su puerto se tratase.
Las horas no dudaron en acelerar su paso. Esta vez, más que como venganza, lo interpreté como un regalo. Esa noche no podía terminar en el metro. El paseo de vuelta fue el colofón para caer rendidos en una habitación de la que cada día que pasa me cuesta más abandonar.
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