Ayer, como cualquier otro día de estas malogradas dos semanas, recibí la enésima patada en el culo. Fue incluso más traicionera. Resolvieron que no valgo para arrastrarme, que no tengo capacidad para engatusar mendigando un número de horas al mes que paguen seis metros cuadrados mal contados.
Volví a la línea 7 de metro cabizbajo, pensativo, o quizá ausente. Lo cierto es que ni siquiera las continuadas bocanadas de humo que me suministraba mi último cigarrillo me ayudaban a aclarar un panorama en el que el negro no sería del todo un color desalentador. Justo antes de adentrarme en la boca del subterráneo, leí su nombre: ‘Avenida de la Ilustración’. Me pareció irónico que le hayan quitado su primer apellido a aquel movimiento político en estos tiempos donde al ilustrado sólo le llueven hostias del cielo. Sumido en los ripios de Sabina, viajé en busca de consuelo hacia Legazpi. Pero ayer el destino parecía una hiena hambrienta. Todavía tenía más ganas de humillarme.
Tras el trasbordo por el submundo metropolitano de Madrid, la línea circular me regaló una de las peores sensaciones desde que estoy aquí. Llegó a Méndez Álvaro, abrió sus puertas y decidió, maquiavélicamente, descansar durante cerca de tres minutos. Un aluvión de escalofríos inundaron mi cuerpo en aquel instante. La primera puerta que se me abría de par en par era la del fracaso, la del regreso a un lugar al que, a pesar de haberle llorado, no tengo la más mínima intención de volver. Las caras despistadas y las maletas me recordaron meses atrás, cuando todo era más fácil, pero también más ficticio. Mi mente, incontrolable y perversa en ocasiones, imaginó ese mismo instante un par de meses después. ¿Podría permanecer sentado o me levantaría, derrotado, hacia ese túnel blanco que me escupiría a la cara todas mis necedades? Quizá ese planteamiento sirvió para retomar fuerzas. Mi testarudez puede ser una increíble fuente de supervivencia y, si hay algo que tengo claro, es que no he venido a perder.
El metro arrancó y, con él, se desvanecieron los malos augurios. Se me escapó una tímida sonrisa consoladora. Al fin y al cabo, siempre hay algo que me permita rebajarme más.
Pero la tarde grisácea de Madrid iba a concederme un descanso. Un austero premio de quiniela iba a permitir tomar unas cañas y disfrutar de la mejor compañía. Ninguno disfrutaba de su mejor día, sobre todo en comparación con un fin de semana de ensueño, de esos que habíamos perdido, de esos que tanto echábamos de menos. Sin embargo, risas y miradas cómplices sirvieron de placebo contra un futuro que se enorgullece de su condición de incierto.
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