Llamadas que no llegan a producirse, números que no se alcanzan a marcar, adicciones que parecían superadas pero a las que sucumbo al llegar al sur. Vender la piel del oso antes de cazarla era una gran virtud cuando mi voluntad era una escopeta cargada pero, ahora, que el arma se ha oxidado bajo la presión de la gran ciudad, es una crasa negligencia que no sé cómo superar.
Pasan los días sin pena ni gloria... bajo una indisciplinada indiferencia que se erige como el mayor obstáculo a superar. Lo cierto es que vivir al filo del abismo siempre me había supuesto un morbo de naturaleza erótica, pero había una diferencia: existía, antes o después, una vuelta al redil que ovacionaba cada una de mis faenas. Ahora, que no concibo ese billete de regreso, el precipicio es un lugar inhóspito que amarga el carácter.
He gastado las vías de escape hasta desesmaltar el alquitrán. Percibo la uraña sensación que abusar más de ellas puede ser contraproducente. Hay que dejar que respiren para que vuelvan a anhelar mis pisadas y mi aliento. Esta mañana, por primera vez, me he sentido superado por el entorno, me he empequeñecido como un novel peatón. Y para colmo, mi orgullo ha impedido que las palabras de consuelo y ánimo calaran siquiera en mi epidermis. Hasta me estaba olvidando de este aprendiz de diario.
Durante estas dos semanas he tenido mucho que contar, pero me ha faltado el talento para hacerlo. De todas formas, y a modo de resumen, sólo decir que han sido un espejismo, una burda burla a la realidad que asomaba por el horizonte. Y sin embargo suponen la vacuna a la que me aferro para tirar de un carro cuyos bueyes presentan un aspecto tan famélico como esta entrada.