La noche del sábado me empapó el paladar de recuerdos caribeños. El mojito, salvando las distancias con su homólogo cubano, me relajó lo suficiente como para poder hacer una perspectiva más objetiva que la que permite el ajetreado día a día. Soy feliz, aunque me haya empeñado en muchas ocasiones en aferrarme con más ahínco a las malas experiencias (de hecho, estás líneas me están costando un mundo escribirlas). Me gusta el cambio de ciudad, de ritmo, de vida. Conservo las embriagadoras ganas de verla con el recelo de un quinceañero. La ansiedad por encontrar un trabajo que no me dé la sensación de estar tirando el tiempo por el retrete ha menguado, aunque la percibo aun más de lo deseable.
Aun me falta mezclarme con el mundo cultural. El teatro, el cine, conciertos... Los veo pasar ante mis ojos con la impotencia de un bolsillo lleno de quejas. Pero, haciendo un balance justo, lo cierto es que llegué a Madrid sólo hace dos meses, y con una mano delante y otra detrás. La paciencia es una gran virtud que siempre me ha acompañado y, en este tiempo, se ha disipado por el estrés que provoca dibujar una vida similar a la de siempre.
De hecho, creo que ahí es donde reside el error, de donde emanan todas las frustaciones. ¿Por qué carajo hay que dibujar algo semejante? Parto desde cero con la inigualable posibilidad de crear algo nuevo desde los cimientos y siento pánico. Debo luchar contra el miedo a la absoluta libertad. El vacío que hay ante mis pies ansía que le construya un puente y, ahora, es a lo que me voy a dedicar, de una vez por todas. Tengo las herramientas necesarias y la compañía elegida, así que no hay excusas que amparen a un derrotismo que no combina conmigo.
Lo primero es envidiar esa prosa dulzona y quijotesca.
ResponderEliminarLo segundo es seguir espiando para estar más cerca del personaje que creí cercano hace ya algún tiempo y no me da la gana de olvidar.