Tres meses han tenido que pasar para que se me presentara una nueva oportunidad. Hoy tengo mi primer evento que cubrir, a las 16:30, en Prado del Rey. Realmente no me han pedido que haga nada nuevo ni nada a lo que no esté ya acostumbrado y, sin embargo, los nervios me devoran. Las ansias por hacerlo mejor que perfecto, la obcecación de hacerme notar desde el principio, la necesidad de demostrar mi valía de cara a un contrato suculento, están poniendo en jaque la profesionalidad de mi trabajo. Podría decir que esos sentimientos son comunes cada vez que empiezo un trabajo, pero mentiría descaradamente. Ni siquiera cuando comencé mi andadura periodística en un diario sevillano había sentido la orgía de mariposas que pueblan hoy mi estómago.
Esta sensación sé que no acabará hoy. Se extenderá en el tiempo durante unas semanas, aunque irá menguando hasta desaparecer por el peso de la experiencia. Y entonces, la echaré de menos. Porque, aunque tenga aspectos peyorativos, sus vísceras están llenas de incandescente vitalidad, de novedad, de retos y de una inaprovechable ocasión de hacerse un hueco en la ruleta rusa de las oportunidades. Carretera y manta.
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