Madrid, 22 de Noviembre

Se erige ante mí otro farragoso obstáculo. Al igual que otros anteriores, éste no sólo depende de mí, aunque estaré al pie del cañón hasta que sea necesario. Al igual que otros anteriores, requiere de paciencia, dedicación y mucha comprensión. Auxilia de comunicación y buenas direcciones y denosta cualquier especie de urgencia. Pero, a diferencia de otros obstáculos, éste lo percibo con más intensidad, con más dolor. Sin embargo, creo cómo combatir una de sus principales aflicciones: la rutina.
Las consecuencias del abuso de felicidad en el que se suele caer por el consumismo feroz, y sin medida, de sensaciones que avivan el espíritu pueden derivar en la gangrena cardiaca, en el hastío de pasiones. Éstas, pueden corroer a la ilusión y provocar sonrisas forzadas. La sensación de monotonía aparece cuando la capacidad de sorpresa se reduce a inocuas conversaciones de ascensor.
La buena noticia es que estoy a tiempo. Parto de una base sólida que aun no ha sido afectada. Esgrimo las armas necesarias para superar cualquier revés. No contemplo derrota y siento, con más intensidad que nunca, que no estoy sólo ante el peligro.

Madrid, 18 de Noviembre

La noche del sábado me empapó el paladar de recuerdos caribeños. El mojito, salvando las distancias con su homólogo cubano, me relajó lo suficiente como para poder hacer una perspectiva más objetiva que la que permite el ajetreado día a día. Soy feliz, aunque me haya empeñado en muchas ocasiones en aferrarme con más ahínco a las malas experiencias (de hecho, estás líneas me están costando un mundo escribirlas). Me gusta el cambio de ciudad, de ritmo, de vida. Conservo las embriagadoras ganas de verla con el recelo de un quinceañero. La ansiedad por encontrar un trabajo que no me dé la sensación de estar tirando el tiempo por el retrete ha menguado, aunque la percibo aun más de lo deseable.
Aun me falta mezclarme con el mundo cultural. El teatro, el cine, conciertos... Los veo pasar ante mis ojos con la impotencia de un bolsillo lleno de quejas. Pero, haciendo un balance justo, lo cierto es que llegué a Madrid sólo hace dos meses, y con una mano delante y otra detrás. La paciencia es una gran virtud que siempre me ha acompañado y, en este tiempo, se ha disipado por el estrés que provoca dibujar una vida similar a la de siempre.
De hecho, creo que ahí es donde reside el error, de donde emanan todas las frustaciones. ¿Por qué carajo hay que dibujar algo semejante? Parto desde cero con la inigualable posibilidad de crear algo nuevo desde los cimientos y siento pánico. Debo luchar contra el miedo a la absoluta libertad. El vacío que hay ante mis pies ansía que le construya un puente y, ahora, es a lo que me voy a dedicar, de una vez por todas. Tengo las herramientas necesarias y la compañía elegida, así que no hay excusas que amparen a un derrotismo que no combina conmigo.

Madrid, 12 de Noviembre

Llamadas que no llegan a producirse, números que no se alcanzan a marcar, adicciones que parecían superadas pero a las que sucumbo al llegar al sur. Vender la piel del oso antes de cazarla era una gran virtud cuando mi voluntad era una escopeta cargada pero, ahora, que el arma se ha oxidado bajo la presión de la gran ciudad, es una crasa negligencia que no sé cómo superar.
Pasan los días sin pena ni gloria... bajo una indisciplinada indiferencia que se erige como el mayor obstáculo a superar. Lo cierto es que vivir al filo del abismo siempre me había supuesto un morbo de naturaleza erótica, pero había una diferencia: existía, antes o después, una vuelta al redil que ovacionaba cada una de mis faenas. Ahora, que no concibo ese billete de regreso, el precipicio es un lugar inhóspito que amarga el carácter.
He gastado las vías de escape hasta desesmaltar el alquitrán. Percibo la uraña sensación que abusar más de ellas puede ser contraproducente. Hay que dejar que respiren para que vuelvan a anhelar mis pisadas y mi aliento. Esta mañana, por primera vez, me he sentido superado por el entorno, me he empequeñecido como un novel peatón. Y para colmo, mi orgullo ha impedido que las palabras de consuelo y ánimo calaran siquiera en mi epidermis. Hasta me estaba olvidando de este aprendiz de diario.
Durante estas dos semanas he tenido mucho que contar, pero me ha faltado el talento para hacerlo. De todas formas, y a modo de resumen, sólo decir que han sido un espejismo, una burda burla a la realidad que asomaba por el horizonte. Y sin embargo suponen la vacuna a la que me aferro para tirar de un carro cuyos bueyes presentan un aspecto tan famélico como esta entrada.