Ya era hora. Me he despojado del aséptico disfraz de la solidaridad. Nunca me quedó bien... Quizá él no tuviera la culpa y, simplemente, fuera mi percha. Al fin y al cabo siempre me lo tomé como un denso desierto que atravesar para llegar al ansiado oasis. Jamás me creí ninguna de las historias que contaba, no porque fueran irreales, sino porque la suciedad que envuelve a las causas buenas siempre deja el pestazo a carteras engordadas. Mi garabato ponía fin a una farsa que, en las dos últimas semanas, se había vuelto más estéril que nunca, embriagándome de pesadumbre cada mañana.
Ahora queda esperar a la burocracia. No suena muy alentador pero puede que, con un poco de suerte, el nuevo año lo empiece con una larga lista de aventuras periodísticas apasionantes. Es lo que deseo, por lo que he luchado estos tres meses, y es una meta que no debe prolongarse más en el tiempo.
Como brindis a este 2009, me tomaré un respiro en esta aventura. Volveré a casa por Navidad. Además, el papel de hijo pródigo me produce un morbo nuevo, desconcertante. Diez días en los que trataré de recuperar recuerdos que se difuminan en la memoria. Rutinas que me hastiaban pero a las que echo de menos. Olvidar toda responsabilidad y jugar a ser un niño incontrolable e irremediablemente travieso. Emborracharme de vino y amigos. Cerrar bares, consumirme por la risas, despistarme en cada esquina. Cargar las pilas para disfrutar de un 2010 que promete, con unos ingredientes muy suculentos, felicidad.
Las verdaderas aventuras tienen un comienzo que no quiere encontrarse con el fin
Madrid, 20 de Diciembre
Y me despertó Ámbar. Quizá hizo el papel de madre protectora o, simplemente, buscaba consuelo ante la ausencia de ella. Me incorporé y vi su cama deshecha, alborotada. Quise pensar que estaría haciendo café, o duchándose, pero me mentía. Me eché en cara no haberme levantado a las ocho para abrazarla y acompañarla hasta la puerta. Si lo hubiera hecho tendría un recuerdo más claro de su marcha y no el que tengo ahora. Ni siquiera recuerdo si le dije todo lo que la quiero. Ni siquiera recuerdo desearle unas felices y merecidas vacaciones. Ni siquiera recuerdo besarla con todas mis fuerzas. El sueño y el cansancio, compañeros egoístas, me privaron de los últimos segundos a su lado.
Me volví hacia Ámbar. La acaricié y le conté todo lo que me pasaba por la mente. Esta vez, lejos de huir o esconderse en algún recoveco, permaneció a mi lado. Escuchaba y maullaba lastimosamente. Creo que ella también era consciente de su marcha. Mientras me duchaba me contemplaba cabizbaja. Continuó persiguiéndome por la habitación mientras me vestía. Sentí como si ella le hubiera encomendado que me brindase un 'atendido' despertar.
Abrí la habitación y el silencio provocaba un eco muy molesto. Mi mente viajó cinco meses atrás. Entonces estaba en Encomienda. Ella se había levantado también al alba y el piso estaba vacío. Yacía en su cama con la angustia de tener que irme y despedirme de su compañía durante unas dos semanas. Deambulé desde la ventana hasta el baño buscando un hueco para dejarle unas palabras. Recogí mis cosas y me marché. Ahora hice prácticamente lo mismo, sólo que las palabras se las dejo aquí. Hasta la vuelta Zerua.
Me volví hacia Ámbar. La acaricié y le conté todo lo que me pasaba por la mente. Esta vez, lejos de huir o esconderse en algún recoveco, permaneció a mi lado. Escuchaba y maullaba lastimosamente. Creo que ella también era consciente de su marcha. Mientras me duchaba me contemplaba cabizbaja. Continuó persiguiéndome por la habitación mientras me vestía. Sentí como si ella le hubiera encomendado que me brindase un 'atendido' despertar.
Abrí la habitación y el silencio provocaba un eco muy molesto. Mi mente viajó cinco meses atrás. Entonces estaba en Encomienda. Ella se había levantado también al alba y el piso estaba vacío. Yacía en su cama con la angustia de tener que irme y despedirme de su compañía durante unas dos semanas. Deambulé desde la ventana hasta el baño buscando un hueco para dejarle unas palabras. Recogí mis cosas y me marché. Ahora hice prácticamente lo mismo, sólo que las palabras se las dejo aquí. Hasta la vuelta Zerua.
Madrid, 16 de Diciembre
Tres meses han tenido que pasar para que se me presentara una nueva oportunidad. Hoy tengo mi primer evento que cubrir, a las 16:30, en Prado del Rey. Realmente no me han pedido que haga nada nuevo ni nada a lo que no esté ya acostumbrado y, sin embargo, los nervios me devoran. Las ansias por hacerlo mejor que perfecto, la obcecación de hacerme notar desde el principio, la necesidad de demostrar mi valía de cara a un contrato suculento, están poniendo en jaque la profesionalidad de mi trabajo. Podría decir que esos sentimientos son comunes cada vez que empiezo un trabajo, pero mentiría descaradamente. Ni siquiera cuando comencé mi andadura periodística en un diario sevillano había sentido la orgía de mariposas que pueblan hoy mi estómago.
Esta sensación sé que no acabará hoy. Se extenderá en el tiempo durante unas semanas, aunque irá menguando hasta desaparecer por el peso de la experiencia. Y entonces, la echaré de menos. Porque, aunque tenga aspectos peyorativos, sus vísceras están llenas de incandescente vitalidad, de novedad, de retos y de una inaprovechable ocasión de hacerse un hueco en la ruleta rusa de las oportunidades. Carretera y manta.
Esta sensación sé que no acabará hoy. Se extenderá en el tiempo durante unas semanas, aunque irá menguando hasta desaparecer por el peso de la experiencia. Y entonces, la echaré de menos. Porque, aunque tenga aspectos peyorativos, sus vísceras están llenas de incandescente vitalidad, de novedad, de retos y de una inaprovechable ocasión de hacerse un hueco en la ruleta rusa de las oportunidades. Carretera y manta.
Madrid, 9 de Diciembre
Y al fin se produjo. Se hizo de rogar, quizá en exceso, pero llegó. La conversación más esperada desde hace un mes no defraudó. Fue austera y no muy larga, pero contundente y cargada de fundamentos.
Me encontraba sentado en el salón, apurando los últimos miligramos de nicotina de un cigarro que sabía a fracaso. De nuevo, las llamadas pendientes de una mañana poco fructífera se ahogaban en tonos interminables y cínicas negaciones. Allí, con la mirada perdida en la pírrica pared de color ocre, mis pensamientos se debatían entre una paciencia bastante perjudicada y una ansiedad incipiente. Buscaba el vacío mental sin mucho éxito, mirando el reloj de reojo con la estúpida esperanza de que las horas me devolvieran de nuevo una sonrisa. Ante el fracaso de la acción, me trasladé al pasado reciente. Recordé los buenos momentos de este último fin de semana, escarbé mis sentimientos para tratar de comprender algunas de las sensaciones que me habían usurpado. Todo valía para mantener la cabeza alejada de un presente que ya se extendía en el tiempo más de lo que le correspondía.
Fue entonces cuando mi obsoleto tono del móvil destrozó aquel denso silencio. La voz de aquella mujer casi la había olvidado. Hacía ya mucho desde que me despedió de su despacho con un puñado de promesas. El aluvión de noticias esperanzadoras sobrepasó parcialmente mi capacidad de reacción, aunque realmente no se la esperaba. Simplemente me limité a escribir todo aquello que escuchaba.
El lunes a las 11 te quiero ver en mi despacho para cerrar los flecos.
Me faltó contestarle que hace ya tiempo que estoy sentado en la sala de espera rezando porque se abriese de una vez por todas la puerta.
Me encontraba sentado en el salón, apurando los últimos miligramos de nicotina de un cigarro que sabía a fracaso. De nuevo, las llamadas pendientes de una mañana poco fructífera se ahogaban en tonos interminables y cínicas negaciones. Allí, con la mirada perdida en la pírrica pared de color ocre, mis pensamientos se debatían entre una paciencia bastante perjudicada y una ansiedad incipiente. Buscaba el vacío mental sin mucho éxito, mirando el reloj de reojo con la estúpida esperanza de que las horas me devolvieran de nuevo una sonrisa. Ante el fracaso de la acción, me trasladé al pasado reciente. Recordé los buenos momentos de este último fin de semana, escarbé mis sentimientos para tratar de comprender algunas de las sensaciones que me habían usurpado. Todo valía para mantener la cabeza alejada de un presente que ya se extendía en el tiempo más de lo que le correspondía.
Fue entonces cuando mi obsoleto tono del móvil destrozó aquel denso silencio. La voz de aquella mujer casi la había olvidado. Hacía ya mucho desde que me despedió de su despacho con un puñado de promesas. El aluvión de noticias esperanzadoras sobrepasó parcialmente mi capacidad de reacción, aunque realmente no se la esperaba. Simplemente me limité a escribir todo aquello que escuchaba.
El lunes a las 11 te quiero ver en mi despacho para cerrar los flecos.
Me faltó contestarle que hace ya tiempo que estoy sentado en la sala de espera rezando porque se abriese de una vez por todas la puerta.
Madrid, 1 de Diciembre
Tan establecido me encuentro que ya ejerzo de anfitrión ante los que, hasta hace bien poco, custodiaban mi vida. Tranquilo y sereno me bebo una ciudad a la que le voy cercando sus recovecos. Espero con ansiedad una llamada que avive el espíritu profesional, que impida que me mienta vulgarmente a la cara en busca de amparo moral, aunque esa ansiedad ya no se presenta ataviada con el disfraz de la supervivencia.
Ya no acoso desesperado las páginas de empleos y espejismos laborales. Ya no me lamento rutinariamente a escondidas. He recuperado la egoista pasión por mi tiempo, por mis manchurrones retóricos en folios olvidados, por lecturas de párrafos desgastados por mis pupilas. Ha vuelto a volar mi imaginación, he vuelto a montar sórdidas orgías con mis musas con la única finalidad del orgasmo creativo de antaño.
Ha vuelto la energía primaveral tras la batalla... No dudaba en la victoria, pero me angustiaba la posibilidad de derrota. Ahora sé que la nave aguantará más tempestades de las que, al zarpar del Golfo de Cádiz, le habían pronosticado.
Supongo que este revés a la espiral melancólica lo ha precipitado la justa venganza del tiempo, siempre tan criticado. Su alegato ha sido contundente y sin posibilidad de réplica. 2009 trajo demasiadas cosas maravillosas como para no brindar con él en el estertor al que siempre recuerda Diciembre.
Ya no acoso desesperado las páginas de empleos y espejismos laborales. Ya no me lamento rutinariamente a escondidas. He recuperado la egoista pasión por mi tiempo, por mis manchurrones retóricos en folios olvidados, por lecturas de párrafos desgastados por mis pupilas. Ha vuelto a volar mi imaginación, he vuelto a montar sórdidas orgías con mis musas con la única finalidad del orgasmo creativo de antaño.
Ha vuelto la energía primaveral tras la batalla... No dudaba en la victoria, pero me angustiaba la posibilidad de derrota. Ahora sé que la nave aguantará más tempestades de las que, al zarpar del Golfo de Cádiz, le habían pronosticado.
Supongo que este revés a la espiral melancólica lo ha precipitado la justa venganza del tiempo, siempre tan criticado. Su alegato ha sido contundente y sin posibilidad de réplica. 2009 trajo demasiadas cosas maravillosas como para no brindar con él en el estertor al que siempre recuerda Diciembre.
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