Arranca el último día bajo una tibia madrugada. El armario, la cómoda, el escritorio y las paredes me observan recelosos, huérfanos de mis enseres y recuerdos. Y yo lagrimeo. Sé que voy a echar de menos estos axfisiantes seis metros cuadrados a los que he dedicado mis más sinceros improperios. ¿Síndrome de Estocolmo? Sería una explicación bastante cínica. La realidad es que ha sido esta habitación la primera en darme la oportunidad de alcanzar mi sueño y yo nunca he dudado en que la abandonaría más pronto que tarde. Siento una especie sin catalogar de culpa.
Llevo semanas preparándome para la marcha y sé que he errado en mi afán autocompasivo. Me he repetido hasta la saciedad que voy a afrontar un paréntesis productivo (tanto como para el alma como para el bolsillo) para regresar a una vida mejor que la de este año con el fracaso de no haberme convencido casi en ninguna ocasión. Además, he intentado comportarme más gilipollas que nunca con ella con el estúpido objetivo de que sintiera con menos nostalgia mi marcha. Y no sólo no lo he conseguido ni un ápice, encima he desperdiciado los últimos días de vino y rosas.
Y lo que más me jode es tener que poner este punto y aparte. Yo no quería volver bajo ninguna circunstancia. Por mucho que se disfrace, es regresar con el rabo entre las piernas. Es no haber alcanzado nada de lo propuesto. Tanto es así, que el año que viene, al menos en este instante, el rumbo del barco será totalmente distinto al que me marqué antes de emprender la aventura.
Con la mirada y esperanza puestas en octubre... Hasta entonces.
Las verdaderas aventuras tienen un comienzo que no quiere encontrarse con el fin
Madrid, 16 de Junio
Una mala gripe no me ha dejado disfrutar en su justa medida del corte de mangas dedicado a mi ex-coordinadora de teleoperadores. Le dije adiós de la forma más ácida que se me ocurrió, dejando entrever que no sólo me iba, sino que nunca había estado. Ahora, a la espera del finiquito, que sumado a lo que me debe hacienda y a la fianza del casero, será mi financiación durante los próximos tres meses. Vuelve a tocar ahorrar.
Por otro lado, creo que tengo ganas de volver. Madrid debe cambiar en varios aspectos para terminar de sentirme como en casa. Por un lado, las viviendas, tanto la suya como la mía, deben fusionarse en busca de algo distinto a la infame incomodidad que hoy desdibuja nuestra intimidad. Por otro lado, las compañías, que este año apenas ha habido y que el próximo, con un máster como escenario, florecerán para sazonar la vida en su justa medida. Y, cómo no, el trabajo. Puede que sean los mismos que este año, pero cambiará lo más importante, la actitud que muestre ante ellos. Ya no será la única vía para sobrevivir, sino el medio que mantenga las ilusiones.
Me quedan 12 días aquí antes de marchar con el disfraz de emigrante. Es irónicamente bello que alguien vaya al sur en busca de trabajo y dinero que necesita en el norte. Homenaje a la tierra de uno.
Por otro lado, creo que tengo ganas de volver. Madrid debe cambiar en varios aspectos para terminar de sentirme como en casa. Por un lado, las viviendas, tanto la suya como la mía, deben fusionarse en busca de algo distinto a la infame incomodidad que hoy desdibuja nuestra intimidad. Por otro lado, las compañías, que este año apenas ha habido y que el próximo, con un máster como escenario, florecerán para sazonar la vida en su justa medida. Y, cómo no, el trabajo. Puede que sean los mismos que este año, pero cambiará lo más importante, la actitud que muestre ante ellos. Ya no será la única vía para sobrevivir, sino el medio que mantenga las ilusiones.
Me quedan 12 días aquí antes de marchar con el disfraz de emigrante. Es irónicamente bello que alguien vaya al sur en busca de trabajo y dinero que necesita en el norte. Homenaje a la tierra de uno.
Las verjas electrificadas del centro de conversión infantil pausaron su actividad para dejar salir a los alumnos. Fuera, los progenitores se apresuraban para recoger a sus hijos antes de que algún acto de violencia callejera se cirniera sobre las calles. El padre abrazó a su vástago entre la multitud y se apresuró para meterlo en el hidroauto. De regreso al hogar, el chaval sacó su lector y, tras una breve golpe de vista, se avalanzó sobre el asiento del piloto.
- Papá, ¿qué es el socialismo?
- Fue un pensamiento político que nació a mediados del siglo XIX.
- ¿Un pensamiento político?
- Sí, a finales del segundo milenio las personas se reunían y discutían cuál era la mejor manera de organizar el mundo.
- Ahhh... Y, ¿quién lo ideó?
- Karl Marx, un señor que nació en el satélite neoamericano, que antes se llamaba Inglaterra.
- Jajaja, Inglaterra. Que nombre más ridículo.
- Es la represantación real de la fábula de cazador cazado, pero es una historia muy rocambolesca como para explicártela aún.
- Bueno, ¿y por qué se le ocurrió el socialismo a Marx?
- Creía que los modelos de producción los debían controlar los trabajadores.
- ¡¡¿Los qué?!!
- Bueno, a los esclavos humanoides antes se le llamaban trabajadores.
- ¡Qué raros eran esos humanos prebilderberianos! ¿Y en nuestra región del águila rojigualda hubo ese socialismo?
- Lo cierto es que nunca destacó demasiado, pero existieron algunos brotes verdes.
- Y ya no hay, ¿verdad?
- Bueno, puede que quede alguno.
- De esos que llevan pintura morada en sus águilas de las camisetas.
- ¿Quién te dijo esa chorrada?.
- Me lo contó mi neoeducador. Además nos advirtió que no nos acerquemos, que nos pueden pegar alguna enfermedad venérea. ¿Y cuando desapareció el socialismo? ¿Quién lo destruyó?
- La verdad es que no hubo una guerra de ideas realmente, fue más bien un suicidio político, aunque hay quien dice que lo destruyó nuestro sistema neocon.
- ¿Y cuando ocurrió?
- No se sabe a ciencia cierta, pero hay una teoría que dice que entre 2008 y 2012 las garras de tu águila desgarraron al socialismo.
- Es que el águila es única, grande e invencible. ¿Y tu crees que fue así?
- A mí me gusta creer que fue un hechizo maya lo que nos llevó a esto.
- ¡¿Eso qué es?!
- Cosas de tu padre, no le des importancia y corre a jugar con el sistema de realidad virtual.
Las ásperas lágrimas del padre fue lo único que mojó el acerado aquel turbio día de lluvia ácida.
- Papá, ¿qué es el socialismo?
- Fue un pensamiento político que nació a mediados del siglo XIX.
- ¿Un pensamiento político?
- Sí, a finales del segundo milenio las personas se reunían y discutían cuál era la mejor manera de organizar el mundo.
- Ahhh... Y, ¿quién lo ideó?
- Karl Marx, un señor que nació en el satélite neoamericano, que antes se llamaba Inglaterra.
- Jajaja, Inglaterra. Que nombre más ridículo.
- Es la represantación real de la fábula de cazador cazado, pero es una historia muy rocambolesca como para explicártela aún.
- Bueno, ¿y por qué se le ocurrió el socialismo a Marx?
- Creía que los modelos de producción los debían controlar los trabajadores.
- ¡¡¿Los qué?!!
- Bueno, a los esclavos humanoides antes se le llamaban trabajadores.
- ¡Qué raros eran esos humanos prebilderberianos! ¿Y en nuestra región del águila rojigualda hubo ese socialismo?
- Lo cierto es que nunca destacó demasiado, pero existieron algunos brotes verdes.
- Y ya no hay, ¿verdad?
- Bueno, puede que quede alguno.
- De esos que llevan pintura morada en sus águilas de las camisetas.
- ¿Quién te dijo esa chorrada?.
- Me lo contó mi neoeducador. Además nos advirtió que no nos acerquemos, que nos pueden pegar alguna enfermedad venérea. ¿Y cuando desapareció el socialismo? ¿Quién lo destruyó?
- La verdad es que no hubo una guerra de ideas realmente, fue más bien un suicidio político, aunque hay quien dice que lo destruyó nuestro sistema neocon.
- ¿Y cuando ocurrió?
- No se sabe a ciencia cierta, pero hay una teoría que dice que entre 2008 y 2012 las garras de tu águila desgarraron al socialismo.
- Es que el águila es única, grande e invencible. ¿Y tu crees que fue así?
- A mí me gusta creer que fue un hechizo maya lo que nos llevó a esto.
- ¡¿Eso qué es?!
- Cosas de tu padre, no le des importancia y corre a jugar con el sistema de realidad virtual.
Las ásperas lágrimas del padre fue lo único que mojó el acerado aquel turbio día de lluvia ácida.
Martes, 1 de Junio
Son las tres de la mañana. Los ojos amenazan con cerrarse, pero mi mente quiere seguir despierta. A estas horas, bajo la oscuridad y el silencio, en armónica sintonía con la soledad, es cuando más vivo me siento. Recupero sueños, ilusiones y sentidos que se disipan por falta de atención. Rechazo rutinas, hastíos y rencores que he acumulado a lo largo de un lastimoso año.
Entonces, dibujo unas aulas llenas de voces; confesiones entre humo y café; tardes perdidas que acaban en un brindis, garabatos en folios desordenados, libros subrayados, proyectos inacabados que sueñan con epílogos; tensiones de biblioteca y juergas que celebran cualquier resultado o situación.
Veo como todos estos actores se desenvuelven en el escenario perfecto: un piso en el que confluirán todas las sensaciones que, este año, por circunstancias ajenas a la voluntad, se han tenido que reprimir más de lo deseado.
Supongo que por eso no quiero cerrar los ojos y dormir. Mañana volverá la mierda en su textura más amarga. Mañana volveré a pedir la hora. Mañana, hasta las nueve de la noche, no seré mínimamente feliz. Sólo espero que un pasado mañana no frustre el próximo curso... Si fuese así... ¡Qué carajo, no puede ser así!
Entonces, dibujo unas aulas llenas de voces; confesiones entre humo y café; tardes perdidas que acaban en un brindis, garabatos en folios desordenados, libros subrayados, proyectos inacabados que sueñan con epílogos; tensiones de biblioteca y juergas que celebran cualquier resultado o situación.
Veo como todos estos actores se desenvuelven en el escenario perfecto: un piso en el que confluirán todas las sensaciones que, este año, por circunstancias ajenas a la voluntad, se han tenido que reprimir más de lo deseado.
Supongo que por eso no quiero cerrar los ojos y dormir. Mañana volverá la mierda en su textura más amarga. Mañana volveré a pedir la hora. Mañana, hasta las nueve de la noche, no seré mínimamente feliz. Sólo espero que un pasado mañana no frustre el próximo curso... Si fuese así... ¡Qué carajo, no puede ser así!
Madrid, 20 de Mayo
Hola buenas tardes, soy Carlos Martín. Le llamo de Iberia Plus, de su programa de puntos, encantado de saludarle señora.
Recuerdo la cantidad de personajes y trabajos que inventaba en las paradisíacas noches jacksoneras. Qué apasionante era jugar a ser redactor jefe de El País, o corresponsal de Onda Cero, o director de comunicación de alguna consejería. Qué divertido era ver los ojos hipnotizados en aquellas inocentes muchachas que escuchaban con atención. Qué lujurioso era comprobar el efecto que producían las mentiras edulcoradas con alcohol.
Y qué sumamente triste es escuchar... Gracias, pero no estoy interesada, y volver a marcar otro inhóspito número.
Recuerdo la cantidad de personajes y trabajos que inventaba en las paradisíacas noches jacksoneras. Qué apasionante era jugar a ser redactor jefe de El País, o corresponsal de Onda Cero, o director de comunicación de alguna consejería. Qué divertido era ver los ojos hipnotizados en aquellas inocentes muchachas que escuchaban con atención. Qué lujurioso era comprobar el efecto que producían las mentiras edulcoradas con alcohol.
Y qué sumamente triste es escuchar... Gracias, pero no estoy interesada, y volver a marcar otro inhóspito número.
Madrid, 17 de Mayo
Te despiertas un día, con algo de resaca. Buscas, torpemente, algo de líquido en la nevera que te ayude a digerir los últimos síntomas de la abstinencia alcohólica. Con la garganta algo más relajada, alejándo ya cualquier paralelismo con un volcán en erupción, te diriges a la ducha. El agua cae ante la pasividad de tu cuerpo. No hay movimiento que impida que la gravedad relaje tus músculos. Por primera vez, en una mañana algo avanzada, todo comienza a tener sentido.
Apagas el grifo y te recreas con el vaho del espejo. No te secas, buscas algo de frío que revitalice la circulación por tus venas. Casi sin vestir, abandonas el baño envuelto en la toalla. Llegas al dormitorio y, mientras buscas algo de ropa en la más absoluta soledad, unos gritos resquebrajan la tranquilidad del momento. Sales buscando, husmeando, pero ¿qué exactamente?
Sabes lo que te espera pero, por un morbo descontrolado, quieres comprobarlo con tus propios ojos. Con sigilo, cruzas la cocina y depositas tu mano sobre el pomo de la puerta del salón. Giras noventa grados y sientes cómo el albedrío de las voces se paraliza ante un denso silencio.
Y allí estaban, tal y como te lo habías imaginado, o quizá rememorado. Tres personas sumidas por el desfase, cuba libre en mano y con unas pequeñas motas blancas en la nariz. En la cubitera apenas nadan un par de trozos de hielo y los ceniceros subsisten bajo una sobredosis de colillas.
Las voces comienzan a recuperar su brío anterior al distinguirte. Tú aceptas una cerveza, algo caliente ya, pero te resistes a entrar en el círculo espídico de aquella mesa. No son horas, te repites buscando el autoconvencimiento. Mientras bebes, observas las dilataciones de pupilas, las conversaciones inconexas, los exabruptos, las risas, la descordinación motora y, sin embargo, te entristeces al ver cómo los lúcidos comentarios son cercenados por las burlas. En seguida compruebas que la embriaguez absoluta, el desfase, es para compartirlo en igualdad de condiciones y, como no son horas (vuelves a repetirte), vas a por un abrigo y huyes hacia la calle.
Apagas el grifo y te recreas con el vaho del espejo. No te secas, buscas algo de frío que revitalice la circulación por tus venas. Casi sin vestir, abandonas el baño envuelto en la toalla. Llegas al dormitorio y, mientras buscas algo de ropa en la más absoluta soledad, unos gritos resquebrajan la tranquilidad del momento. Sales buscando, husmeando, pero ¿qué exactamente?
Sabes lo que te espera pero, por un morbo descontrolado, quieres comprobarlo con tus propios ojos. Con sigilo, cruzas la cocina y depositas tu mano sobre el pomo de la puerta del salón. Giras noventa grados y sientes cómo el albedrío de las voces se paraliza ante un denso silencio.
Y allí estaban, tal y como te lo habías imaginado, o quizá rememorado. Tres personas sumidas por el desfase, cuba libre en mano y con unas pequeñas motas blancas en la nariz. En la cubitera apenas nadan un par de trozos de hielo y los ceniceros subsisten bajo una sobredosis de colillas.
Las voces comienzan a recuperar su brío anterior al distinguirte. Tú aceptas una cerveza, algo caliente ya, pero te resistes a entrar en el círculo espídico de aquella mesa. No son horas, te repites buscando el autoconvencimiento. Mientras bebes, observas las dilataciones de pupilas, las conversaciones inconexas, los exabruptos, las risas, la descordinación motora y, sin embargo, te entristeces al ver cómo los lúcidos comentarios son cercenados por las burlas. En seguida compruebas que la embriaguez absoluta, el desfase, es para compartirlo en igualdad de condiciones y, como no son horas (vuelves a repetirte), vas a por un abrigo y huyes hacia la calle.
Madrid, 10 de Mayo
En dos días comienzo un hipócrita curso para volver a convertirme en teleoperador. No me apetece una mierda, no quiero hacerlo y, sin embargo, allí estaré el miércoles a las diez de la mañana, como un clavo y aparentando ser una persona afortunada.
Ahora que sé lo que me espera a partir de julio y durante todo el año que viene (esto último sin confirmar hasta finales de mes), no quiero sentir que pierdo el tiempo dando tumbos entre llamada y llamada de teléfono. Pero, ¿no sería mayor pérdida estar todo el día sin hacer nada? No lo sé, pero es mi consuelo.
Eso sí, este espacio mermará en cantidad y calidad. Tendré poco que contar y mucho que callar. Seré un zombie sin maldad, un cuerpo que viene y va, alguien del que nada se puede esperar. Si al menos hubiera cogido fuerzas estos últimos días...
Ahora que sé lo que me espera a partir de julio y durante todo el año que viene (esto último sin confirmar hasta finales de mes), no quiero sentir que pierdo el tiempo dando tumbos entre llamada y llamada de teléfono. Pero, ¿no sería mayor pérdida estar todo el día sin hacer nada? No lo sé, pero es mi consuelo.
Eso sí, este espacio mermará en cantidad y calidad. Tendré poco que contar y mucho que callar. Seré un zombie sin maldad, un cuerpo que viene y va, alguien del que nada se puede esperar. Si al menos hubiera cogido fuerzas estos últimos días...
Madrid, 5 de Mayo
Las diez de la mañana. Subía el Paseo de Delicias como el cordero que va al matadero. Los pasos se sucedían en contra de mi voluntad, pero a favor del viento de la necesidad. 80, 78, 76... Los números de los portales decaían al mismo ritmo que mi ímpetu. Y Madrid se mantenía al margen. Las cafeterías presentaban un aspecto saludable, los tintineos de las cucharillas en las tazas de café eran continuos y el humo de los cigarrillos ocupaba los pocos espacios que se atisbaban entre cabeza y cabeza. La calle, iluminada por los primeros rayos de sol, alquilaba sus aceras al vaivén incesante de pies firmes y decididos. Todo parecía tener sentido, incluso lógica, menos mis dubitativos pasos.
Y llegué al 32. El portal me arrancó una sonrisa irónica. Estaba oscuro, como mi presente. Reirte de tus desgracias es buena terapia, pensé, y subí cada uno de los peldaños que me conducía al primer piso repasando mentalmente lo que debía contar en la entrevista para que no dudaran en seleccionarme. Con completa austeridad en los gestos faciales, la mujer de recursos humanos fue escudriñando mis posibles cualidades para el trabajo. No sé si le gustó mi experiencia profesional pero sí que me escuchaba con atención cada vez que le razonaba las similitudes entre periodismo y marketing. Unas mentiras más o menos a estas alturas no me sonrojan, aunque sí que me hacen sentir hipócrita y poco comprometido conmigo mismo.
Una media hora duró el servicio de prostitución. Al salir, me apresuré para llegar a la parada de autobus. Quería llegar a casa y tampoco sé muy bien por qué. Quizá para poder desahogarme, quizá por vergüenza, o puede que también fuese por envidia. La calle seguía animada y yo, un animal con un pedazo menos de alma que vender.
Y llegué al 32. El portal me arrancó una sonrisa irónica. Estaba oscuro, como mi presente. Reirte de tus desgracias es buena terapia, pensé, y subí cada uno de los peldaños que me conducía al primer piso repasando mentalmente lo que debía contar en la entrevista para que no dudaran en seleccionarme. Con completa austeridad en los gestos faciales, la mujer de recursos humanos fue escudriñando mis posibles cualidades para el trabajo. No sé si le gustó mi experiencia profesional pero sí que me escuchaba con atención cada vez que le razonaba las similitudes entre periodismo y marketing. Unas mentiras más o menos a estas alturas no me sonrojan, aunque sí que me hacen sentir hipócrita y poco comprometido conmigo mismo.
Una media hora duró el servicio de prostitución. Al salir, me apresuré para llegar a la parada de autobus. Quería llegar a casa y tampoco sé muy bien por qué. Quizá para poder desahogarme, quizá por vergüenza, o puede que también fuese por envidia. La calle seguía animada y yo, un animal con un pedazo menos de alma que vender.
Madrid, 30 de Abril
Siete meses. Parece que fue ayer cuando puse mis pies en la megápolis. Aquel chaval era un joven ingenuo y soñador que venía a comerse el mundo. Ingenuo porque creía que le estaban esperando las oportunidades; soñador porque, además, las construía a la medida, sin peros ni objecciones. Caminaba por las arterias de la ciudad con la cabeza alta, con la mirada fijada más allá de donde alcanza la vista. Tocaba las puertas sin complejos, sin dudas, como el dandy que siempre creyó ser. Las negativas que se encontraba las relativizaba con una parsimonia positivista muy distante de la realidad que le rodeaba. No tenía problema alguno en subsistir, aún se acordaba de las desventuras londinenses que le construyeron una armadura contra la desdicha y el desasosiego. Conservaba la paciencia intacta bajo proyecciones de ensueño para 2010.
Sin embargo, algo pasó al comienzo del nuevo año. Fue el chispazo que previene del incendio. El sueño de una tarde de octubre se vino abajo por completo y con él, la ingenuidad y el sueño se transformaron dramáticamente. Se vió entre la espada y la pared y vendió su alma al diablo. Fueron dos meses donde perdió su energía, su ilusión, su pasión. Harto de estar harto, forzó su despido. Fue, por primera vez en su vida, precavido, ahorró más que gastó. La hormiga mató a la cigarra en un homicidio aún sin esclarecer. Fue entonces cuando, por arte de algún bucle burlón del destino, volvió a recobrar su carácter ingenuo y, sin vacilar, se lanzó al sueño de vivir de la palabra escrita. Y falló. En un mes sólo ha rellenado torpemente diez folios de una historia que se escurre entre sus dedos. Y lo peor es que las fuentes de financiación que había buscado han sufrido el mismo efecto dominó que las oportunidades que buscaba.
Ahora no hay día que no lea a Machado para recordarse que 'al volver la vista atrás se ve el sendero que no se ha de volver a pisar'.
No sé si seguiré escribiendo con la intensidad necesaria, no sé si volveré a aceptar trabajos de mierda, pero sí que sé que la aventura no va a terminar.
Sin embargo, algo pasó al comienzo del nuevo año. Fue el chispazo que previene del incendio. El sueño de una tarde de octubre se vino abajo por completo y con él, la ingenuidad y el sueño se transformaron dramáticamente. Se vió entre la espada y la pared y vendió su alma al diablo. Fueron dos meses donde perdió su energía, su ilusión, su pasión. Harto de estar harto, forzó su despido. Fue, por primera vez en su vida, precavido, ahorró más que gastó. La hormiga mató a la cigarra en un homicidio aún sin esclarecer. Fue entonces cuando, por arte de algún bucle burlón del destino, volvió a recobrar su carácter ingenuo y, sin vacilar, se lanzó al sueño de vivir de la palabra escrita. Y falló. En un mes sólo ha rellenado torpemente diez folios de una historia que se escurre entre sus dedos. Y lo peor es que las fuentes de financiación que había buscado han sufrido el mismo efecto dominó que las oportunidades que buscaba.
Ahora no hay día que no lea a Machado para recordarse que 'al volver la vista atrás se ve el sendero que no se ha de volver a pisar'.
No sé si seguiré escribiendo con la intensidad necesaria, no sé si volveré a aceptar trabajos de mierda, pero sí que sé que la aventura no va a terminar.
Madrid, 26 de Abril
Hace algunos años pensé que había madurado totalmente. Ahora sé que no fue así y que continua sin serlo. Sí, vivo sólo en una ciudad nueva, trato de, con más pena que gloria, sacarme las castañas del fuego y, en cierta medida, soy consecuente con mis actos. Pero esto son sólo pinceladas en un lienzo desnutrido. Aún no he tomado conciencia de mí mismo. Aún no considero que soy yo y mis circunstancias porque, en las entrañas de mis pensamientos, donde habitan aquéllos de los que no solemos hablar, reside la tranquilidad de las espaldas cubiertas. Si un efecto dominó de desgracias cercenara mi círculo vital, sé que no acabaría durmiendo en estaciones de metro y mendigando algo para comer. También sé que me acogerían a mesa, mantel y cama. E incluso, en un acto de suma desvergüenza y cobardía, podría hasta solicitar un crédito a fondo perdido al 'Banco Progenitor'. Esa puede que sea la explicación que justifique, en el más absoluto de los paros, que llegue de madrugada apestando a alcohol. También puede que explique lo poco que me duran los trabajos, porque, aunque me disfrace de 'currela sin fronteras', sigo siendo un sivarita laboral que, para más inri, se tiene en muy alta estima.
Pero, ¿por qué carajo me dejaron estudiar lo que me gustaba en virtud de lo que hacía falta? ¿Será el Plan Bolonia un acierto desde este punto de vista? ¿Habrá que aconsejarles a los que vienen que dejen sus estudios universitarios para buscar una profesión? Definitivamente NO. Esta crisis no es, realmente, económica. Se trata de una crisis social. Se promueve acabar con el conocimiento, con la sabiduría. Con todo aquello que nos hacía mínimamente libres. Se trata de que entendamos, apelando al instinto básico de la supervivencia, que somos piezas de un engranaje sistémico y que, por tanto, no se nos pide que pensemos, lo que importa es que seamos productivos. Se nos pide abandonar nuestros sueños en pos de engordar el despotismo neocon.
Puede que no haya madurado, pero también es posible que me estén haciendo creerlo. Depende de lo que se quiera entender por madurar. Si se piensa que madurar es el hecho de traicionarse poco a poco, estoy aún lejos; en cambio, si entendemos que madurar es ser consciente de lo que pasa a tu alrededor y obrar en consecuencia, puede que me pille de camino.
Pero, ¿por qué carajo me dejaron estudiar lo que me gustaba en virtud de lo que hacía falta? ¿Será el Plan Bolonia un acierto desde este punto de vista? ¿Habrá que aconsejarles a los que vienen que dejen sus estudios universitarios para buscar una profesión? Definitivamente NO. Esta crisis no es, realmente, económica. Se trata de una crisis social. Se promueve acabar con el conocimiento, con la sabiduría. Con todo aquello que nos hacía mínimamente libres. Se trata de que entendamos, apelando al instinto básico de la supervivencia, que somos piezas de un engranaje sistémico y que, por tanto, no se nos pide que pensemos, lo que importa es que seamos productivos. Se nos pide abandonar nuestros sueños en pos de engordar el despotismo neocon.
Puede que no haya madurado, pero también es posible que me estén haciendo creerlo. Depende de lo que se quiera entender por madurar. Si se piensa que madurar es el hecho de traicionarse poco a poco, estoy aún lejos; en cambio, si entendemos que madurar es ser consciente de lo que pasa a tu alrededor y obrar en consecuencia, puede que me pille de camino.
Madrid 23 de Abril
Ha sido un flash. Una mañana me despertaba a su lado, eran las nueve de la mañana. Regresé, como muchos días, a mi casa con las legañas torpedeando una visión nítida. Ella me despidió en Sol con los ojos hinchados y la tez pálida. Yo di un paseo por la calle Mayor hasta mi pequeño zulo. Y, de repente, casi sin tomar conciencia del paso de las horas, me encontraba en mitad de un tumulto, con un catavino rebosante de manzanilla y con la sonrisa plasmada en mi rostro. No había faltado a la cita y, en esta ocasión, demasiadas veces pensé que lo haría.
A partir de ahí, un sueño etílico se apoderó de mí. Las luces, diezmadas de farolillos a causa del temporal, iluminaban el paso despistado de los múltiples afluentes de personas. Cada uno con una dirección, todos con el mismo fin. Brindé con los que me odian, naufragué con los que despiertan indiferencia, y me emborraché con el de toda la vida.
Y llegó el martes. Y con él más reencuentros. Y con ellos más feria. En esa semana no te das cuenta en qué día vives a menos que te cobijes en casa y, en mi caso, no tenía claro si el lunes más largo del mundo estaba burlándose de mí. No eran las dos de la tarde cuando yo ya sólo respiraba alegría. No eran las siete cuando mi gaznate me devolvía fuego a cada sorbo de cubata. Y, para más inri, me desplacé en metro, al que sólo asocio con Madrid. La noche volvió a traer risas, excesos y promesas de resaca. Yo, adicto a esta trinidad, me dejé embalsamar.
Y llegó el miércoles, sin avisar. Amaneció nublado, como mi humor. Durante las primeras horas estaba desganado, influido por la sensación de despedida que significaba ese día. Pero el Real es un gran medicamento y pronto empecé a brindar y bailar por alegrías. También dije adiós, y me arrancaban una carcajada los que contestaban 'hasta la siguiente'.
Recuerdo que eran las 10 de la noche. Descansaba sobre el sofá medio adormilado. Y, de repente, pedía un café en un tugurio cercano a Atocha. Fue un flash... Bendito flash
A partir de ahí, un sueño etílico se apoderó de mí. Las luces, diezmadas de farolillos a causa del temporal, iluminaban el paso despistado de los múltiples afluentes de personas. Cada uno con una dirección, todos con el mismo fin. Brindé con los que me odian, naufragué con los que despiertan indiferencia, y me emborraché con el de toda la vida.
Y llegó el martes. Y con él más reencuentros. Y con ellos más feria. En esa semana no te das cuenta en qué día vives a menos que te cobijes en casa y, en mi caso, no tenía claro si el lunes más largo del mundo estaba burlándose de mí. No eran las dos de la tarde cuando yo ya sólo respiraba alegría. No eran las siete cuando mi gaznate me devolvía fuego a cada sorbo de cubata. Y, para más inri, me desplacé en metro, al que sólo asocio con Madrid. La noche volvió a traer risas, excesos y promesas de resaca. Yo, adicto a esta trinidad, me dejé embalsamar.
Y llegó el miércoles, sin avisar. Amaneció nublado, como mi humor. Durante las primeras horas estaba desganado, influido por la sensación de despedida que significaba ese día. Pero el Real es un gran medicamento y pronto empecé a brindar y bailar por alegrías. También dije adiós, y me arrancaban una carcajada los que contestaban 'hasta la siguiente'.
Recuerdo que eran las 10 de la noche. Descansaba sobre el sofá medio adormilado. Y, de repente, pedía un café en un tugurio cercano a Atocha. Fue un flash... Bendito flash
Madrid, 13 de Abril
Hace casi un año estaba haciendo las maletas para cruzar el charco. Todavía estudiaba, tenía trabajo como periodista, pasaba las noches despierto, perdido en algún bareto, al borde de la sobredosis y con alguna bella durmiente del brazo que creía haber encontrado al príncipe azul. Hace casi un año vivía con mis padres, sin más preocupación que recaudar cinco euros al día para tabaco y algún café. Perdía el tiempo disfrutando de una inolvidable esquina por la que rotaban los personajes dispares, benditos hijos de puta, que han adornado mi vida. Hace casi un año ya soñaba con una emancipación incipiente y prometedora. Se deleitaba mi imaginación con un estudio pequeño, repleto de soledades inspiradoras, que odiase las reglas del reloj. Construía un trabajo a mi medida, uno que sólo me robase unas horas por la tarde y por el que me pagarían lo necesario para continuar el sueño del escritor bohemio.
Ahora, estoy en paro indefinido. Con un reloj sincronizado con la cuenta bancaria que me recuerda la fragilidad del sueño. Mi estudio se ha reducido a un zulo en el que las musas se sienten incómodas ante la frialdad que suscita. Mi formación académica se ha reducido a un curso poco atractivo a través de internet. Las noches las suelo pasar encamado y todavía no he encontrado una esquina que imite a aquellas escaleras, flanquedas por unos arbustos y un cartel azul con unas letras amarillas que iluminaban la palabra prensa. Hasta esa nimiedad es irónica. Ahora son necesarios más de cinco euros diarios, y no sólo porque el tabaco ha subido y el café aquí es más caro, sino porque mi agenda diaria se ha inundado de aspectos que jamás había tenido en cuenta.
Y a pesar de que el panorama actual dista dantescamente del imaginarium de hace un año, las ganas de proseguir la aventura no se han visto afectadas. A pesar de que existan días en los que hubiera deseado no despertar, siempre aparece el muelle que me impulsa hacia la puerta. El positivismo aún tiene una suite reservada a mi nombre y la razón principal de comenzar esta aventura en aquel momento me recuerda mi acierto en cada mirada.
Ahora, estoy en paro indefinido. Con un reloj sincronizado con la cuenta bancaria que me recuerda la fragilidad del sueño. Mi estudio se ha reducido a un zulo en el que las musas se sienten incómodas ante la frialdad que suscita. Mi formación académica se ha reducido a un curso poco atractivo a través de internet. Las noches las suelo pasar encamado y todavía no he encontrado una esquina que imite a aquellas escaleras, flanquedas por unos arbustos y un cartel azul con unas letras amarillas que iluminaban la palabra prensa. Hasta esa nimiedad es irónica. Ahora son necesarios más de cinco euros diarios, y no sólo porque el tabaco ha subido y el café aquí es más caro, sino porque mi agenda diaria se ha inundado de aspectos que jamás había tenido en cuenta.
Y a pesar de que el panorama actual dista dantescamente del imaginarium de hace un año, las ganas de proseguir la aventura no se han visto afectadas. A pesar de que existan días en los que hubiera deseado no despertar, siempre aparece el muelle que me impulsa hacia la puerta. El positivismo aún tiene una suite reservada a mi nombre y la razón principal de comenzar esta aventura en aquel momento me recuerda mi acierto en cada mirada.
Madrid, 8 de Abril
Perdonen la osadía.
Tan frágil como un empleo a comisiones
Perdido como el sendero a ningún lugar
Inerte como un zulo con lamparones
Ansioso como las facturas sin pagar
Distante como el futuro a la medida
Esquivo por Malasaña y Chamberí
Desquiciado como un metro a la salida...
Así vivo yo en Madrid
Con un par de 'Te quiero'
que agarran con dignidad mi sombrero...
Así vivo yo, así vivo yo, en Madrid.
Tan frágil como un empleo a comisiones
Perdido como el sendero a ningún lugar
Inerte como un zulo con lamparones
Ansioso como las facturas sin pagar
Distante como el futuro a la medida
Esquivo por Malasaña y Chamberí
Desquiciado como un metro a la salida...
Así vivo yo en Madrid
Con un par de 'Te quiero'
que agarran con dignidad mi sombrero...
Así vivo yo, así vivo yo, en Madrid.
Madrid, 5 de Abril
Me tiemblan los nudillos y se me atraganta el espíritu creativo cada vez que lo pienso. El miedo a malgastar la bala de plata del tambor de los fracaso agarrota cualquier iniciativa. He vuelto a borrar una página de word pero esta vez, a diferencia de muchas otras, no lo hecho bajo el convencimiento total de estar desechando una obra por inconclusa, incoherente o con una absoluta falta de rigor, si no por la atroz cobardía del que no es capaz de asumir sus propios riesgos. Y no lo cuento por buscar la compasión o el ánimo, más bien lo hago por fustigarme. Por recordarme, cada vez que lea este popurrí de palabras, que cada vez que subraye sin compasión un puñado de letras con el ratón y pulse, con un miedo disfrazado de rabia, la tecla 'delete', sólo estoy vanalizando y desprestigiando a las musas que quisieron hacer acto de presencia.
He empeñado el futuro cercano, el más fatuo de mi vida, en luchar por alcanzar la meta más preciada, esa con la que he soñado prácticamente desde niño, y me siento débil e indefenso, carcomido por los terrores internos que atosigan cualquier impulso de autorrealización. Ahora tengo claro que soy mi peor enemigo porque, cada vez que intento consolarme con argumentos falaces y vacuos, sé que me miento descaradamente.
Pero seré paciente. Hoy es mi primer día y si de algo sirve ser tu íntimo rival, es que se sabe a la perfección cuando la osada cobardía tiene las armas desafiladas.
He empeñado el futuro cercano, el más fatuo de mi vida, en luchar por alcanzar la meta más preciada, esa con la que he soñado prácticamente desde niño, y me siento débil e indefenso, carcomido por los terrores internos que atosigan cualquier impulso de autorrealización. Ahora tengo claro que soy mi peor enemigo porque, cada vez que intento consolarme con argumentos falaces y vacuos, sé que me miento descaradamente.
Pero seré paciente. Hoy es mi primer día y si de algo sirve ser tu íntimo rival, es que se sabe a la perfección cuando la osada cobardía tiene las armas desafiladas.
Madrid, 31 de Marzo
¡Qué hijos de puta! Esta es la expresión que más retumbó mi mente ayer. La empresa me obligó a disfrutar los cuatro días de vacaciones que me correspondían por dos meses de trabajo para no tener que pagármelos en el finiquito. De miércoles a sábado santo, cuando finaliza mi contrato. Sí, están leyendo bien, me dan vacaciones en días festivos y, para colmo, avisando con minutos de antelación, con lo que de poco me sirve esta aciaga mañana de miércoles, mas que para perder dinero.
La maquiavélica jugada estaba pensada desde hace, al menos, una semana, pero lejos de avisarme para poder disfrutar de la Semana Santa completa, esperaron a las 14:55 de ayer para comunicármelo.
Para poner la guinda a la conversación más cínica que recuerdo, me instaron a llamar para poder cobrar tanto el finiquito como los tres días de abril que tenía firmado. Ya llevo tres llamadas con el mismo resultado: 'buzón movistar'. Encima no cobraré la nomina de marzo hasta después de las fiestas, por lo que se convertirán en austeras.
La maquiavélica jugada estaba pensada desde hace, al menos, una semana, pero lejos de avisarme para poder disfrutar de la Semana Santa completa, esperaron a las 14:55 de ayer para comunicármelo.
Para poner la guinda a la conversación más cínica que recuerdo, me instaron a llamar para poder cobrar tanto el finiquito como los tres días de abril que tenía firmado. Ya llevo tres llamadas con el mismo resultado: 'buzón movistar'. Encima no cobraré la nomina de marzo hasta después de las fiestas, por lo que se convertirán en austeras.
Lisboa, 27 de Marzo
A nuestra llegada, descansaba apelotonada junto a la orilla del Tajo. Sus calles se mostraban practicamente vacías, sin un alma que distrajera la atención, flanqueadas por las miradas desafiantes de la Alfama y el Barrio Alto. La plaza de Rossio aglutinó a los primeros viandantes, que brindaron en su honor con el primer chupito de ginginha.
Las nubes y el sol se turnan para hacer de guías en un paseo panorámico por cada uno de sus recovecos. La plaza de Comercio funcionaba como una claraboya. Canalizaba el resplandor de los rayos solares en contacto con el agua por sus tres arterias principales, iluminando con precisión las dos emblemáticas colinas, a izquierda y derecha, y la plaza de Restauradores en la llanura. La decadencia, como la vejez, no le sienta bien a todo el mundo, pero Lisboa es el vivo ejemplo de que el paso del tiempo puede ser una virtud si se asume con estilo y personalidad.
El Barrio Alto se asoma por encima del Chiado, con sus numerosas esquinas y plazoletas para recordar. Se respiraba una tranquilidad recien cocinada. Las cuestas nos descubrían construcciones de hermosura natural, sin maquillaje alguno en las fachadas. La biblioteca nacional ejercía de meta de todas idas y venidas, y los tranvías te seducen con su vaiven para regresar a la orilla del Tajo.
Al otro lado, majestuoso, el castillo de San Jorge observa cada movimiento de la ciudad. Desde sus arrabales se descubren atardeceres de luz incandescente en cada uno de los numerosos miradores. La hosca catedral rompe la magia árabe, pero no desentona con el resto de las ruinosas maravillas de Alfama.
Al otro lado del río, el Cristo Rey velaba por la seguridad de la ciudad. Desde sus pies, la capital portuguesa se exhibe como una joya engarzada en turbadora tristeza. Podría decir que Lisboa es la única ciudad que conozco en donde la nostalgia y el desamparo se abrazan para engendrar la belleza sublime.
Las nubes y el sol se turnan para hacer de guías en un paseo panorámico por cada uno de sus recovecos. La plaza de Comercio funcionaba como una claraboya. Canalizaba el resplandor de los rayos solares en contacto con el agua por sus tres arterias principales, iluminando con precisión las dos emblemáticas colinas, a izquierda y derecha, y la plaza de Restauradores en la llanura. La decadencia, como la vejez, no le sienta bien a todo el mundo, pero Lisboa es el vivo ejemplo de que el paso del tiempo puede ser una virtud si se asume con estilo y personalidad.
El Barrio Alto se asoma por encima del Chiado, con sus numerosas esquinas y plazoletas para recordar. Se respiraba una tranquilidad recien cocinada. Las cuestas nos descubrían construcciones de hermosura natural, sin maquillaje alguno en las fachadas. La biblioteca nacional ejercía de meta de todas idas y venidas, y los tranvías te seducen con su vaiven para regresar a la orilla del Tajo.
Al otro lado, majestuoso, el castillo de San Jorge observa cada movimiento de la ciudad. Desde sus arrabales se descubren atardeceres de luz incandescente en cada uno de los numerosos miradores. La hosca catedral rompe la magia árabe, pero no desentona con el resto de las ruinosas maravillas de Alfama.
Al otro lado del río, el Cristo Rey velaba por la seguridad de la ciudad. Desde sus pies, la capital portuguesa se exhibe como una joya engarzada en turbadora tristeza. Podría decir que Lisboa es la única ciudad que conozco en donde la nostalgia y el desamparo se abrazan para engendrar la belleza sublime.
Madrid, 24 de Marzo
En el horizonte, las pocas estrellas que se divisan parchean y desdibujan un norte perdido. Intentan despistar a la agonía del desazón con sentimentalismos patrios y viajes de ensueño. Sin embargo, se exhiben con menos fuerza, concientes de que las pirotecnias de neones ya no pueden iluminar algunos agujeros negros del espíritu.
Este trabajo se está convirtiendo en un asesino en serie de musas. En un obsceno depredador de creaciones. En un repelente de ambiciones.
¿La buena noticia? El queroxeno necesario para que estas constelaciones vuelvan a colorear de ilusiones a la Estrella Polar está a la vuelta de la esquina. Cinco días restan para experimentar la sensación de una despedida orgásmica. Para firmar el despido más esperado de mi vida. Para poner, de una vez por todas, punto y aparte.
Los planes ilusionantes que desde pequeño soñaba que ocurrían en Madrid asomarán a primeros de abril. Tendrán prioridad absoluta y trato de favor. La financiación correrá a cargo de mujeres, copas y azar, y yo pondré la decoración y la parafernalia...
Pero ahora estoy cansado, desmotivado y hasta paranoico. Los coletazos son los peores y esta enfermedad ya lleva su tiempo incubando. Espero que esos reflejos negros del horizonte no enturbien la labor de las pocas estrellas que aun se atreven a brillar. No en la recta final.
Este trabajo se está convirtiendo en un asesino en serie de musas. En un obsceno depredador de creaciones. En un repelente de ambiciones.
¿La buena noticia? El queroxeno necesario para que estas constelaciones vuelvan a colorear de ilusiones a la Estrella Polar está a la vuelta de la esquina. Cinco días restan para experimentar la sensación de una despedida orgásmica. Para firmar el despido más esperado de mi vida. Para poner, de una vez por todas, punto y aparte.
Los planes ilusionantes que desde pequeño soñaba que ocurrían en Madrid asomarán a primeros de abril. Tendrán prioridad absoluta y trato de favor. La financiación correrá a cargo de mujeres, copas y azar, y yo pondré la decoración y la parafernalia...
Pero ahora estoy cansado, desmotivado y hasta paranoico. Los coletazos son los peores y esta enfermedad ya lleva su tiempo incubando. Espero que esos reflejos negros del horizonte no enturbien la labor de las pocas estrellas que aun se atreven a brillar. No en la recta final.
Madrid, 17 de Marzo
La casualidad, la puta casualidad. Llevaba semanas en la piqueta, con la espada rasgando mi camiseta y lamiendo cal. Y, de repente, el acero se deshizo bajo argumentos económicos y el muro cedió ante la saliva. Era más improbable continuar en mi puesto de trabajo que la lluvia azote durante tres meses en el sur sin margen de tregua. Pero el destino es así de caprichoso e irónico, y yo continuaré mañana con la oreja pegada al teléfono durante siete insufribles horas, así como los campos meridionales se han convertido en vastos lagos de lodo.
Esta mañana deliraba a las siete y media con la idea despedirme de ese infierno de fraudes, recibos y números telefónicos. Me excitaba la idea de escupir verdades a la salida, cobrando un sueldo que me pertenece aunque no lo cubriera de horas producidas y con la sonrisa del trabajo bien hecho, ese que acaba en un despido improcedente por actitud deshonrosa para con la empresa. Pasó, sin hacer ruido, la parada de Almendrales y, en un abrir y cerrar de ojos, fichaba, cual objeto inerte y sin expectativas, con mi tarjeta en un aparato que aliena a la persona hasta tal punto que la convierte en un número: 168.
Me senté con la mirada perdida en mi mesa, abotargada de 'post-it' que dibujaban más ilusiones que realidades. Al fin y al cabo, algunos llevan semanas prometiendo euros y ni el mejor de los papiroflexistas podría esculpir una moneda de esos trozos amarillos con pegamento. Cogí el teléfono con desgana y no rebatí ninguna de las incesantes negaciones que acarreaba cada llamada telefónica. Colgaba y pensaba "un minuto menos", e intercambiaba sonrisas con mi compañero, en idéntica situación a la mía. Pero, de repente, todo se fue al traste. Dos llamadas consecutivas, alrededor de las once de la mañana, frustaron todos mis sueños. Querían colaborar con la Guardia Civil, les parecía bien desembolsar 250 euros y no tenían reparo alguno en facilitar la cuenta bancaria por teléfono. Malditos carniceros de Guadalajara. Así fue como llegué a rellenar mi hoja fraudulenta semanal con 700 euros y, encima, tuve que aguantar las felicitaciones de un jefe que, ahora, cambiaba la linea argumental de mi situación.
Ahora tendré que esforzarme a fondo para alcanzar mi cometido porque, puestos a tener que pagarme, no dudarán en forzarme a cumplir hasta el último segundo de las horas que me restan.
Esta mañana deliraba a las siete y media con la idea despedirme de ese infierno de fraudes, recibos y números telefónicos. Me excitaba la idea de escupir verdades a la salida, cobrando un sueldo que me pertenece aunque no lo cubriera de horas producidas y con la sonrisa del trabajo bien hecho, ese que acaba en un despido improcedente por actitud deshonrosa para con la empresa. Pasó, sin hacer ruido, la parada de Almendrales y, en un abrir y cerrar de ojos, fichaba, cual objeto inerte y sin expectativas, con mi tarjeta en un aparato que aliena a la persona hasta tal punto que la convierte en un número: 168.
Me senté con la mirada perdida en mi mesa, abotargada de 'post-it' que dibujaban más ilusiones que realidades. Al fin y al cabo, algunos llevan semanas prometiendo euros y ni el mejor de los papiroflexistas podría esculpir una moneda de esos trozos amarillos con pegamento. Cogí el teléfono con desgana y no rebatí ninguna de las incesantes negaciones que acarreaba cada llamada telefónica. Colgaba y pensaba "un minuto menos", e intercambiaba sonrisas con mi compañero, en idéntica situación a la mía. Pero, de repente, todo se fue al traste. Dos llamadas consecutivas, alrededor de las once de la mañana, frustaron todos mis sueños. Querían colaborar con la Guardia Civil, les parecía bien desembolsar 250 euros y no tenían reparo alguno en facilitar la cuenta bancaria por teléfono. Malditos carniceros de Guadalajara. Así fue como llegué a rellenar mi hoja fraudulenta semanal con 700 euros y, encima, tuve que aguantar las felicitaciones de un jefe que, ahora, cambiaba la linea argumental de mi situación.
Ahora tendré que esforzarme a fondo para alcanzar mi cometido porque, puestos a tener que pagarme, no dudarán en forzarme a cumplir hasta el último segundo de las horas que me restan.
Madrid, 10 de Marzo
Hay ocasiones en las que te sorprenden, otras en las que te impresionan, pero hay muy pocas en las que sientes un agarrotamiento de palabras en la garganta al tiempo en que te invade el rostro una expresión pueril y de felicidad inocente. Ayer me recorrió el cuerpo esta sensación por segunda vez en mi vida.
Recuerdo, con el más mínimo detalle, la primera. Yo tenía ocho años y era un seis de enero a las nueve de la mañana. Llevaba más de tres años consecutivos dejándome las yemas de los dedos en correspondencia mágica hacia los Reyes de Oriente. Por activa y por pasiva había rogado que dejaran en el árbol de Navidad una videoconsola, pero mis incesantes intentos habían resultado siempre en vano. Sin embargo, aquella fría mañana, mis plegarias tuvieron un eco positivo. Mis padres, que tomaban café esperando a que yo despertara, me seguían cámara de fotos en mano. Yo abrí, con las legañas todavía de orgía por mis ojos, la puerta del salón expectante. Y allí estaba, sin envolver. No podía ni acercarme a ella. Era tanta la dosis de alegría que me dediqué, durante unos minutos, a dar vueltas alrededor de mis padres gritando, entre sollozos. "¡No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... Por fin!". Tras superar el shock inicial, corrí raudo a ponerla en funcionamiento y disfrutar de aquella maravilla. Pasaron dos horas como si fuesen escasos minutos y mis padres me arrancaron de mi entretenimiento para poner rumbo a una comida de reyes en familia. Resignado, la apagué promientiéndole que regresaría lo antes posible.
Ayer me volvió a ocurrir. Aquellos dos minutos de cadena de regalos volvieron a emocionarme por encima de mis expectativas. Tras un maravilloso y gráfico repaso a once meses de felicidad, ella colocó en mis manos dos maravillas en blanco bajo la firme afirmación de que sólo quedarán conclusos cuando yo los inunde de garabatos. En ese instante, tuve la incontrolable inercia de avalanzarme sobre sus labios, pero ella me contuvo. Me instó a buscar una nueva pista que me trasladaría al mejor de mis sueños. Era tanto el nivel de emoción e incredulidad que no supe descifrar aquella fotografía más allá de las dos palabras que aparecían. Ante mi torpeza, ella me empujó al altillo, y allí estaba, majestuosa, antigua, bañada de la magia que sólo pueden poseer aquellos objetos con los que sueñas desde hace años: una maravillosa máquina de escribir. Como cuando tenía ocho años, me hubiera gustado quedarme a solas con ella, para juguetear y trastear, pero entonces entendí que el verdadero regalo no era la máquina, sino el compartir el tiempo con alguien que se desvive por conocerte y hacerte feliz.
Las gracias se quedarían muy cortas, así que me tendré que esperar al día 21.
Recuerdo, con el más mínimo detalle, la primera. Yo tenía ocho años y era un seis de enero a las nueve de la mañana. Llevaba más de tres años consecutivos dejándome las yemas de los dedos en correspondencia mágica hacia los Reyes de Oriente. Por activa y por pasiva había rogado que dejaran en el árbol de Navidad una videoconsola, pero mis incesantes intentos habían resultado siempre en vano. Sin embargo, aquella fría mañana, mis plegarias tuvieron un eco positivo. Mis padres, que tomaban café esperando a que yo despertara, me seguían cámara de fotos en mano. Yo abrí, con las legañas todavía de orgía por mis ojos, la puerta del salón expectante. Y allí estaba, sin envolver. No podía ni acercarme a ella. Era tanta la dosis de alegría que me dediqué, durante unos minutos, a dar vueltas alrededor de mis padres gritando, entre sollozos. "¡No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... Por fin!". Tras superar el shock inicial, corrí raudo a ponerla en funcionamiento y disfrutar de aquella maravilla. Pasaron dos horas como si fuesen escasos minutos y mis padres me arrancaron de mi entretenimiento para poner rumbo a una comida de reyes en familia. Resignado, la apagué promientiéndole que regresaría lo antes posible.
Ayer me volvió a ocurrir. Aquellos dos minutos de cadena de regalos volvieron a emocionarme por encima de mis expectativas. Tras un maravilloso y gráfico repaso a once meses de felicidad, ella colocó en mis manos dos maravillas en blanco bajo la firme afirmación de que sólo quedarán conclusos cuando yo los inunde de garabatos. En ese instante, tuve la incontrolable inercia de avalanzarme sobre sus labios, pero ella me contuvo. Me instó a buscar una nueva pista que me trasladaría al mejor de mis sueños. Era tanto el nivel de emoción e incredulidad que no supe descifrar aquella fotografía más allá de las dos palabras que aparecían. Ante mi torpeza, ella me empujó al altillo, y allí estaba, majestuosa, antigua, bañada de la magia que sólo pueden poseer aquellos objetos con los que sueñas desde hace años: una maravillosa máquina de escribir. Como cuando tenía ocho años, me hubiera gustado quedarme a solas con ella, para juguetear y trastear, pero entonces entendí que el verdadero regalo no era la máquina, sino el compartir el tiempo con alguien que se desvive por conocerte y hacerte feliz.
Las gracias se quedarían muy cortas, así que me tendré que esperar al día 21.
Madrid, 8 de Marzo
Una vez escuché a un artista cantar al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Hoy estoy seguro de que podía estar hablando de cualquier parte del mundo, menos de Sevilla. Y eso que la sorprendí deprimida y agriada por la cantidad ingente de lluvias que la están azotando. Pero incluso cuando las comisuras de sus calles no resplandecen de alegría, la solera aún persiste en sus rincones y en sus gentes.
Tras una escueta y húmeda noche de viernes, nació un sábado del que llevaba anhelando su llegada desde hacía un mes. Todo comenzó con una comida familiar, de esas que antaño sólo me producían una pereza controlada, pero que ahora las disfruto casi como un patriarca gitano. La herencia genética ataca cuando más lejos estás de su rutina, 'man que me pese'. Los únicos que no estuvieron a la altura de las circunstancias fueron los alimentos, aunque también es cierto que era a los que menos valoraba de la reunión. Tras la sobremesa, puse rumbo hacia el barrio Santa Cruz para aliviar una espinita clavada en la voracidad artística de ella: el Alcázar. Reconozco que no disfruté, como en otras ocasiones, de su experiencia artística, pero es que tenía puesta la cabeza en la noche que se avecinaba. Antes de regresar a casa para preparar la fiesta nocturna hicimos una parada obligatoria: el Perejil. Volví a degustar con ella el vino de naranja mientras recreaba mi memoria con miradas tímidas y expectantes. Fue un deja vú orgásmico, una prueba irrefutable de la felicidad añadida que me acompaña desde hace casi once meses.
Tras ese paréntesis, volvieron a aflorar mis nervios. Quería verlos a todos, sin excepción, disfrutarlos, contagiarme de chorradas que desengrasan las necesidades del reir por reir. Hartarme de vicios poco saludables, perder el control por los bares de siempre con la compañía de los de toda la vida. Comprobar que, aunque casi todo es diferente, apenas ha cambiado nada porque, a la hora de mi verdad, respondieron todos sin excepción o excusas. Fue una noche inolvidable, de las que habrá que repetir con la única intención de superarla.
El domingo no existió, pero mereció la pena empeñarlo.
Tras una escueta y húmeda noche de viernes, nació un sábado del que llevaba anhelando su llegada desde hacía un mes. Todo comenzó con una comida familiar, de esas que antaño sólo me producían una pereza controlada, pero que ahora las disfruto casi como un patriarca gitano. La herencia genética ataca cuando más lejos estás de su rutina, 'man que me pese'. Los únicos que no estuvieron a la altura de las circunstancias fueron los alimentos, aunque también es cierto que era a los que menos valoraba de la reunión. Tras la sobremesa, puse rumbo hacia el barrio Santa Cruz para aliviar una espinita clavada en la voracidad artística de ella: el Alcázar. Reconozco que no disfruté, como en otras ocasiones, de su experiencia artística, pero es que tenía puesta la cabeza en la noche que se avecinaba. Antes de regresar a casa para preparar la fiesta nocturna hicimos una parada obligatoria: el Perejil. Volví a degustar con ella el vino de naranja mientras recreaba mi memoria con miradas tímidas y expectantes. Fue un deja vú orgásmico, una prueba irrefutable de la felicidad añadida que me acompaña desde hace casi once meses.
Tras ese paréntesis, volvieron a aflorar mis nervios. Quería verlos a todos, sin excepción, disfrutarlos, contagiarme de chorradas que desengrasan las necesidades del reir por reir. Hartarme de vicios poco saludables, perder el control por los bares de siempre con la compañía de los de toda la vida. Comprobar que, aunque casi todo es diferente, apenas ha cambiado nada porque, a la hora de mi verdad, respondieron todos sin excepción o excusas. Fue una noche inolvidable, de las que habrá que repetir con la única intención de superarla.
El domingo no existió, pero mereció la pena empeñarlo.
Madrid, 3 de Marzo
Tenía tan claro que hoy iba a ser mi último día como 'recaudador de impuestos' para la Guardia Civil que descanso sobre sentimientos enfrentados. Intento amedrentar la batalla repitiéndome que, como mucho, será dentro de una semana. Y que, a lo mejor, es mañana.
Anoche soñé que volvía a la universidad. Volvía a hacer cosas que me motivaban, me inundaban las ganas de volver a escribir desmesuradamente, encontraba oportunidades mal pagadas pero ilusionantes. Entraba en clases que desprendían conocimientos a raudales, volvía a fumar muerto de frío con un café que calentaba mejor las manos que la garganta. Imaginaba una beca para investigar sobre comunicación, humanismo y procesos políticos. Incluso cuando, tras un largo día volviendome a sentir útil, regresaba a casa, mi inhóspito zulo se había transformado en un pequeño despacho con un escritorio al fondo, decorado con una máquina de escribir, una botella de JB y un cenicero blanco coloreado con frases de algún poeta. Había también una estantería de pared rebosante de libros, con pequeñas figuritas actuando como separadores. Una vieja silla de madera con un cojín rojo y varios cuadros y pósters tiñiendo los tristes muros blancos. No había cama y es que, ante tal panorama creativo, ¿quién necesita horas de descanso y sueño?
Tanto habré disfrutado del sueño que esta mañana he arañado de tal forma los minutos para despertarme que he llegado casi una hora tarde al trabajo. Tras una primera bronca del jefe por mi retraso, se ha apoderado de mis recibos el efecto dominó. Cero euros por segunda semana consecutiva. A partir de las dos he empezado a mirar el minutero del reloj de la oficina incesantemente. No estaba cansado, esperaba, con ansia desmesurada, la llamada a capítulo de mi jefe para invitarme a no regresar más. No llegó y, en mi interior, a salvo de todas las necesidades sociales que impica el dinero, hubiera deseado que llegase.
Anoche soñé que volvía a la universidad. Volvía a hacer cosas que me motivaban, me inundaban las ganas de volver a escribir desmesuradamente, encontraba oportunidades mal pagadas pero ilusionantes. Entraba en clases que desprendían conocimientos a raudales, volvía a fumar muerto de frío con un café que calentaba mejor las manos que la garganta. Imaginaba una beca para investigar sobre comunicación, humanismo y procesos políticos. Incluso cuando, tras un largo día volviendome a sentir útil, regresaba a casa, mi inhóspito zulo se había transformado en un pequeño despacho con un escritorio al fondo, decorado con una máquina de escribir, una botella de JB y un cenicero blanco coloreado con frases de algún poeta. Había también una estantería de pared rebosante de libros, con pequeñas figuritas actuando como separadores. Una vieja silla de madera con un cojín rojo y varios cuadros y pósters tiñiendo los tristes muros blancos. No había cama y es que, ante tal panorama creativo, ¿quién necesita horas de descanso y sueño?
Tanto habré disfrutado del sueño que esta mañana he arañado de tal forma los minutos para despertarme que he llegado casi una hora tarde al trabajo. Tras una primera bronca del jefe por mi retraso, se ha apoderado de mis recibos el efecto dominó. Cero euros por segunda semana consecutiva. A partir de las dos he empezado a mirar el minutero del reloj de la oficina incesantemente. No estaba cansado, esperaba, con ansia desmesurada, la llamada a capítulo de mi jefe para invitarme a no regresar más. No llegó y, en mi interior, a salvo de todas las necesidades sociales que impica el dinero, hubiera deseado que llegase.
Madrid, 24 de Febrero
¿Cómo dibujar frases y párrafos cuando no se tiene nada que contar? Básicamente apoyándose en la retórica vacía. Esa que invoca el cómo contar más que la relevancia concreta del hecho en sí.
Así podría llevarme horas pulsando teclas, podría hasta llevarme algún aplauso por la conjunción (semánticamente inconexa) de frases de salón. Pero no soy capaz... No sé contar por contar. Yo siempre he contado por causar impresiones y extender opiniones, no por edulcorar pupilas sin más pretensión.
Cojo los inicios de un proyecto olvidado y no sé cómo colocarle tan siquiera una palabra. Me cabreo y apago el portátil, pero vuelvo como un perrito faldero a rogarle otra oportunidad. Busco desesperadamente estímulos que aviven a las musas, pero vuelvo a caer rendido ante el cansancio mental al que me someto durante siete horas al día. Devoro cigarrillos de liar y latas de cerveza, buscando que la embriaguez me haga soñar al menos frases que tengan un hueco sin avergonzarme, pero parece que ya no funciona.
Antes de derrumbarme sobre el sofá esperando a que llegue la hora de acostarme (parece mentira que yo desee con insistencia ese momento), recuerdo unas frases que escuché en un café a la vieja usanza que vendió encanto y dignidad por clientela en tan sólo treinta minutos. Debo luchar contra la desidia, obligarme a escribir, perseguir el sueño. Y aquí estoy, muy lejos de lo que espero y me exijo pero orgulloso de, al menos, llenar con retórica vacía un diario de viajes.
Así podría llevarme horas pulsando teclas, podría hasta llevarme algún aplauso por la conjunción (semánticamente inconexa) de frases de salón. Pero no soy capaz... No sé contar por contar. Yo siempre he contado por causar impresiones y extender opiniones, no por edulcorar pupilas sin más pretensión.
Cojo los inicios de un proyecto olvidado y no sé cómo colocarle tan siquiera una palabra. Me cabreo y apago el portátil, pero vuelvo como un perrito faldero a rogarle otra oportunidad. Busco desesperadamente estímulos que aviven a las musas, pero vuelvo a caer rendido ante el cansancio mental al que me someto durante siete horas al día. Devoro cigarrillos de liar y latas de cerveza, buscando que la embriaguez me haga soñar al menos frases que tengan un hueco sin avergonzarme, pero parece que ya no funciona.
Antes de derrumbarme sobre el sofá esperando a que llegue la hora de acostarme (parece mentira que yo desee con insistencia ese momento), recuerdo unas frases que escuché en un café a la vieja usanza que vendió encanto y dignidad por clientela en tan sólo treinta minutos. Debo luchar contra la desidia, obligarme a escribir, perseguir el sueño. Y aquí estoy, muy lejos de lo que espero y me exijo pero orgulloso de, al menos, llenar con retórica vacía un diario de viajes.
Madrid, 13 de febrero
Levantarse a las 6:30. Ducharse y desayunar un tísico café y un indolente cigarrillo. Correr hacia el autobús y hacer trasbordo en el metro de Embajadores. Desengrasar los ojos de persistentes legañas con las estúpidas noticias de diarios gratuitos que, para más inri, se exhiben sin rigor alguno. Llegar a una oficina sin vida poblada de personas maquinizadas que repiten un guión sin cesar. Hablar con ellas en los descansos y comprobar que están vacías. Que no tienen más inquietudes que llegar a los objetivos de ventas semanales. Que todo les parece bien, que no están disconformes, o peor aún, que se sienten afortunadas. La alienación del individuo es un hecho, un mal que, aunque avisado por sociólogos hace más de dos décadas, se ha perpetrado en nuestras conciencias, apoyándose en una zozobra social que la ampara.
Salir a las tres de la tarde con el cuerpo cansado y el alma encogida. La mente, maltrecha y desatendida, sólo desea un descanso. Así pasan la mayoría de las tardes, insulsas, sin pena ni gloria, vacías. Intento evadirme con un curso de periodismo y unas cervezas por la noche, olvidar que soy incluso peor que todos los demás compañeros, porque soy conciente de la situación y no sólo no hago nada en contra, si no que contribuyo cada mañana por una miseria de sueldo.
La evolución de la esclavitud, pienso a veces. Antes eras propiedad de un señor que te pagaba con comida y techo. Ahora, sigues perteneciendo a un señor, pero la comida y la casa corren de tu cuenta. Parece mentira que con el disfraz demagógico del Estado del Bienestar todo esté justificado. Los derechos de los trabajadores se verán muy pronto mermados para que los de siempre sigan ganando lo mismo. Despido libre, jubilación tardía, arrimar el hombro, apretarse el cinturón... ¿Cuánto más estamos dispuestos a digerir antes de salir a la calle para recuperar, o mejor dicho, alcanzar de una vez por todas aquello que nos pertenece?
La genearación que nos precede se subió al tren y ya tienen mucho que perder como para esperar de ellos un acto de valentía y solidaridad. La generación que nos persigue está asolada de 'ninis' o, en el mejor de los casos, de mentes muy contaminadas en el que el valor de ser productivos prevalece sobre cualquier otro. Por tanto nos toca, a todos aquellos nacidos en los ochenta, tomar el timón de un barco que desvaría. Aún no tenemos nada que perder, aún estamos a tiempo.
Salir a las tres de la tarde con el cuerpo cansado y el alma encogida. La mente, maltrecha y desatendida, sólo desea un descanso. Así pasan la mayoría de las tardes, insulsas, sin pena ni gloria, vacías. Intento evadirme con un curso de periodismo y unas cervezas por la noche, olvidar que soy incluso peor que todos los demás compañeros, porque soy conciente de la situación y no sólo no hago nada en contra, si no que contribuyo cada mañana por una miseria de sueldo.
La evolución de la esclavitud, pienso a veces. Antes eras propiedad de un señor que te pagaba con comida y techo. Ahora, sigues perteneciendo a un señor, pero la comida y la casa corren de tu cuenta. Parece mentira que con el disfraz demagógico del Estado del Bienestar todo esté justificado. Los derechos de los trabajadores se verán muy pronto mermados para que los de siempre sigan ganando lo mismo. Despido libre, jubilación tardía, arrimar el hombro, apretarse el cinturón... ¿Cuánto más estamos dispuestos a digerir antes de salir a la calle para recuperar, o mejor dicho, alcanzar de una vez por todas aquello que nos pertenece?
La genearación que nos precede se subió al tren y ya tienen mucho que perder como para esperar de ellos un acto de valentía y solidaridad. La generación que nos persigue está asolada de 'ninis' o, en el mejor de los casos, de mentes muy contaminadas en el que el valor de ser productivos prevalece sobre cualquier otro. Por tanto nos toca, a todos aquellos nacidos en los ochenta, tomar el timón de un barco que desvaría. Aún no tenemos nada que perder, aún estamos a tiempo.
Madrid, 3 de febrero
Nuevo contrato para paliar la ansiedad profesional. Esa que espera una llamada que cada vez queda más lejos. Esa que se apodera de mí en los momentos de absoluta soledad. Esa que, además, es vocacional. Esa que se encarga, en ocasiones, de engarrotarme los nudillos para que no puedan dibujar palabras. Esa que, como sutil venganza, me recuerda que sólo hay un culpable y una causa.
Es dificil levantarse al alba sin esa vidilla que proporcionan los retos apasionantes, así que me disfrazo la realidad. No es algo nuevo, lo he hecho siempre, aunque cuando es por entretenimiento es más divertido que cuando se trata de supervivencia mental.
Sin embargo, estas preocupaciones nadan en la superficie. Lo verdaderamente sórdido es que llegue el día en el que el reloj de Sol marque las 15:30 y me sienta satisfecho por mi labor, orgulloso por mi trabajo, afortunado y dichoso. Ese día, habré bajado los brazos... Ese día habrá muerto el espíritu... Ese día no debe amanecer.
He vuelto a firmar tiempo... No lo puedo olvidar.
Es dificil levantarse al alba sin esa vidilla que proporcionan los retos apasionantes, así que me disfrazo la realidad. No es algo nuevo, lo he hecho siempre, aunque cuando es por entretenimiento es más divertido que cuando se trata de supervivencia mental.
Sin embargo, estas preocupaciones nadan en la superficie. Lo verdaderamente sórdido es que llegue el día en el que el reloj de Sol marque las 15:30 y me sienta satisfecho por mi labor, orgulloso por mi trabajo, afortunado y dichoso. Ese día, habré bajado los brazos... Ese día habrá muerto el espíritu... Ese día no debe amanecer.
He vuelto a firmar tiempo... No lo puedo olvidar.
Madrid, 22 de Enero
La montaña rusa en la que estoy montado desde que llegué aquí parece que atisba una subida. Hay empresas que tienen miedo de que mis actividades (necesidades) periodísticas cercenen su libertad esclavizadora. Más de una sonrisa me arracaron ayer la déspota respuesta de algún que otro gabinete de comunicación. "Te podemos dar la versión oficial", suplicaba una voz al otro lado del teléfono. Mi cabeza lo tradujo sin eufemismos y provocó una chulesca contestación. "Ya la conozco, no se esfuerce". No lo hice por principios éticos periodísticos ya que, en aquel momento, no había nacido ni una sóla frase que pudieran temer. Más bien fue un ejercicio de venganza, repulsa y ¿por qué no?, también con una buena dosis de odio. Ya está bien de que la pirámide solo se desgaste por la base.
Con una ilusión de la que se sorprendió hasta el olvido, me lancé al ordenador. Vomité durante unas dos horas frases inconexas, tratando de exprimir al máximo las limitaciones de mi memoria. Traté, luego, de darle alguna que otra forma al estilo del texto y, en un presumido alarde, hasta llamé a algunos medios para buscarle un hueco a esas líneas.
Por otro lado, hoy me salió una entrevista como teleoperador. Sé que es macabramente obsceno alegrarse por un trabajo con tan pocos requisitos creativos, pero es incalificable no ser realista con la situación actual que me rodea. El genio tendrá que esperar. O transformarse. Esperemos que la entrevista llegue a buen puerto porque reportará tiempo, indispensable para cercar metas más gratificantes.
Pero como todo no podía ser bueno, la mala nueva es que alguna que otra empresa representante de ONGs sigue sin acordarse de mí. (Acepto piquetes para el lunes)
Con una ilusión de la que se sorprendió hasta el olvido, me lancé al ordenador. Vomité durante unas dos horas frases inconexas, tratando de exprimir al máximo las limitaciones de mi memoria. Traté, luego, de darle alguna que otra forma al estilo del texto y, en un presumido alarde, hasta llamé a algunos medios para buscarle un hueco a esas líneas.
Por otro lado, hoy me salió una entrevista como teleoperador. Sé que es macabramente obsceno alegrarse por un trabajo con tan pocos requisitos creativos, pero es incalificable no ser realista con la situación actual que me rodea. El genio tendrá que esperar. O transformarse. Esperemos que la entrevista llegue a buen puerto porque reportará tiempo, indispensable para cercar metas más gratificantes.
Pero como todo no podía ser bueno, la mala nueva es que alguna que otra empresa representante de ONGs sigue sin acordarse de mí. (Acepto piquetes para el lunes)
Madrid, 21 de Enero
¿Qué se puede escribir cuando la miserable rutina hastía cualquier intento de creación? Quizá se pueda hablar de inhóspitas webs de empleo basura, conversaciones inocuas y banales de salón, de cerveza y hachís como placebos o de horas que retrasan su paso para restregarte soledad interior.
Aferro mis fuerzas a cursos gratuitos, a paseos a la deriva, a abrazos reconfortantes. Pero necesito una ocupación real. Algo que distraiga a la mente para no dejarle hace su 'hara-kiri' diario y particular. Algo que no me escupa a la cara la necedad de un sistema del que prometieron prosperidad y sólo devuelve fracaso.
El tiempo pasa sin pena ni gloria y ya no sé qué hacer. Hoy me desperté temprano, sobre las nueve. Me duché y salí a buscar el trabajo que niega infojobs, primerempleo o cualquiera de estas páginas. El resultado, similar aunque con algún dolor de pie más. Quizá debiera darle alguna oportunidad más a este método, al fin y al cabo, han sido sólo tres o cuatro horas de colección de negaciones.
Al terminar esta peregrinación, que requiere más fe que las religosas, decidí comprobar si mis esfuerzos anteriores se habían traducido en un incremento en mi cuenta bancaria. Fue sarcástico comprobar que hasta las ONGs se han olvidado de mí. Después de mi cara poética de incredulidad frente a la pantalla del cajero automático, me he asegurado que mañana me van a escuchar en Begoña. Basta ya de poner la otra mejilla a no ser que sean unos labios los que la demanden. Menos mal que pude recoger limosna de Almagro 28, ya que lo que realmente demando de esa dirección, en el mejor de los casos, aún se hará esperar.
Aferro mis fuerzas a cursos gratuitos, a paseos a la deriva, a abrazos reconfortantes. Pero necesito una ocupación real. Algo que distraiga a la mente para no dejarle hace su 'hara-kiri' diario y particular. Algo que no me escupa a la cara la necedad de un sistema del que prometieron prosperidad y sólo devuelve fracaso.
El tiempo pasa sin pena ni gloria y ya no sé qué hacer. Hoy me desperté temprano, sobre las nueve. Me duché y salí a buscar el trabajo que niega infojobs, primerempleo o cualquiera de estas páginas. El resultado, similar aunque con algún dolor de pie más. Quizá debiera darle alguna oportunidad más a este método, al fin y al cabo, han sido sólo tres o cuatro horas de colección de negaciones.
Al terminar esta peregrinación, que requiere más fe que las religosas, decidí comprobar si mis esfuerzos anteriores se habían traducido en un incremento en mi cuenta bancaria. Fue sarcástico comprobar que hasta las ONGs se han olvidado de mí. Después de mi cara poética de incredulidad frente a la pantalla del cajero automático, me he asegurado que mañana me van a escuchar en Begoña. Basta ya de poner la otra mejilla a no ser que sean unos labios los que la demanden. Menos mal que pude recoger limosna de Almagro 28, ya que lo que realmente demando de esa dirección, en el mejor de los casos, aún se hará esperar.
Madrid, 13 de Enero
Y no comenzó bien el año. O al menos no comenzó como habían prometido los estertores de 2009. La fábula de la lechera irrumpió en la realidad en su fase más agorera: se rompió el cántaro. Una destitución no esperada y una mala gestión basada en palabras y no en papeles truncó un nuevo año rebosante de retos laborales.
Aquella fría mañana del cuatro de enero, fecha que hasta ese momento siempre había sido sinónimo de felicidad, congeló mi esperanza. Estaba de nuevo en el despacho de Almagro 28, pero las caras que me recibieron denostaban incredulidad y tristeza a partes iguales. Unos ojos serenos me comunicaron, casi sin pestañear, que no iba a haber contrato ni trabajo, al menos de momento. Sentí un inmenso escalofrío que se cebó con mis cuerdas vocales. Me quedé mudo, sin respuesta, hundido. Los segundos me fueron centrando en la nueva situación sin saber bien cuál podía ser ahora la dirección a tomar. Tras intentar, en vano, cualquier tipo de vínculo con la agencia para no perder de vista la oportunidad, cogí mi abrigo y, mientras giraba el pomo de la puerta, rogué que me comunicasen por teléfono cualquier novedad.
Salí de aquel sinfín de oscuros pasillos absorto. No podía concebir ninguna idea que me sacase de aquel pozo y deambulé por las calles. La lluvia me empapaba el rostro y los charcos embadurnaban los bajos de mis vaqueros. Consumido en lamentaciones, llegué a la conclusión de que no ha existido jamás una mañana tan triste en mi vida. Me sentí abandonado y traicionado. Al llegar a Fuencarral, levanté la vista por primera vez desde que salí por aquel portón inmenso de madera. A mi alrededor se veía a la gente feliz. Varias familias disfrutaban de las vacaciones navideñas sin ninguna preocupación aparente, todo eran juegos y sonrisas. Sentí envidia y rabia. Yo sólo quería un trabajo que no se caracterizara principalmente por su labor denigrante y, al parecer, es lo que me espera más pronto que tarde. Me habían vuelto a cerrar la puerta en mis narices y, además, esta vez, me habían arrancado gran parte de mi esperanza.
Al llegar a Sol decidí cambiar el chip. Me ayudó el recuerdo de ella. Ambos habíamos estado dos semanas separados y depositamos mucha ilusión en los días que se avecinaban. En ese momento era lo único que sabía que no me iba a fallar y decidí aferrarme a ese proyecto de semana feliz. Y así fue. Un día de Reyes mágico, recuerdos del verano, sofá, cama y bares. Y como colofón a esa semana mágica, un viaje a Granada. Ni el frío que soplaba desde Sierra Nevada pudo congelar esa escapada. Casi todo salió a pedir de boca. Realmente ha sido ella la que ha recargado mis baterías y me ha recordado, sin pronunciar palabra, que no me puedo rendir ante nada, que no vine a perder.
Aquella fría mañana del cuatro de enero, fecha que hasta ese momento siempre había sido sinónimo de felicidad, congeló mi esperanza. Estaba de nuevo en el despacho de Almagro 28, pero las caras que me recibieron denostaban incredulidad y tristeza a partes iguales. Unos ojos serenos me comunicaron, casi sin pestañear, que no iba a haber contrato ni trabajo, al menos de momento. Sentí un inmenso escalofrío que se cebó con mis cuerdas vocales. Me quedé mudo, sin respuesta, hundido. Los segundos me fueron centrando en la nueva situación sin saber bien cuál podía ser ahora la dirección a tomar. Tras intentar, en vano, cualquier tipo de vínculo con la agencia para no perder de vista la oportunidad, cogí mi abrigo y, mientras giraba el pomo de la puerta, rogué que me comunicasen por teléfono cualquier novedad.
Salí de aquel sinfín de oscuros pasillos absorto. No podía concebir ninguna idea que me sacase de aquel pozo y deambulé por las calles. La lluvia me empapaba el rostro y los charcos embadurnaban los bajos de mis vaqueros. Consumido en lamentaciones, llegué a la conclusión de que no ha existido jamás una mañana tan triste en mi vida. Me sentí abandonado y traicionado. Al llegar a Fuencarral, levanté la vista por primera vez desde que salí por aquel portón inmenso de madera. A mi alrededor se veía a la gente feliz. Varias familias disfrutaban de las vacaciones navideñas sin ninguna preocupación aparente, todo eran juegos y sonrisas. Sentí envidia y rabia. Yo sólo quería un trabajo que no se caracterizara principalmente por su labor denigrante y, al parecer, es lo que me espera más pronto que tarde. Me habían vuelto a cerrar la puerta en mis narices y, además, esta vez, me habían arrancado gran parte de mi esperanza.
Al llegar a Sol decidí cambiar el chip. Me ayudó el recuerdo de ella. Ambos habíamos estado dos semanas separados y depositamos mucha ilusión en los días que se avecinaban. En ese momento era lo único que sabía que no me iba a fallar y decidí aferrarme a ese proyecto de semana feliz. Y así fue. Un día de Reyes mágico, recuerdos del verano, sofá, cama y bares. Y como colofón a esa semana mágica, un viaje a Granada. Ni el frío que soplaba desde Sierra Nevada pudo congelar esa escapada. Casi todo salió a pedir de boca. Realmente ha sido ella la que ha recargado mis baterías y me ha recordado, sin pronunciar palabra, que no me puedo rendir ante nada, que no vine a perder.
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