Madrid, 24 de Febrero

¿Cómo dibujar frases y párrafos cuando no se tiene nada que contar? Básicamente apoyándose en la retórica vacía. Esa que invoca el cómo contar más que la relevancia concreta del hecho en sí.
Así podría llevarme horas pulsando teclas, podría hasta llevarme algún aplauso por la conjunción (semánticamente inconexa) de frases de salón. Pero no soy capaz... No sé contar por contar. Yo siempre he contado por causar impresiones y extender opiniones, no por edulcorar pupilas sin más pretensión.
Cojo los inicios de un proyecto olvidado y no sé cómo colocarle tan siquiera una palabra. Me cabreo y apago el portátil, pero vuelvo como un perrito faldero a rogarle otra oportunidad. Busco desesperadamente estímulos que aviven a las musas, pero vuelvo a caer rendido ante el cansancio mental al que me someto durante siete horas al día. Devoro cigarrillos de liar y latas de cerveza, buscando que la embriaguez me haga soñar al menos frases que tengan un hueco sin avergonzarme, pero parece que ya no funciona.
Antes de derrumbarme sobre el sofá esperando a que llegue la hora de acostarme (parece mentira que yo desee con insistencia ese momento), recuerdo unas frases que escuché en un café a la vieja usanza que vendió encanto y dignidad por clientela en tan sólo treinta minutos. Debo luchar contra la desidia, obligarme a escribir, perseguir el sueño. Y aquí estoy, muy lejos de lo que espero y me exijo pero orgulloso de, al menos, llenar con retórica vacía un diario de viajes.

Madrid, 13 de febrero

Levantarse a las 6:30. Ducharse y desayunar un tísico café y un indolente cigarrillo. Correr hacia el autobús y hacer trasbordo en el metro de Embajadores. Desengrasar los ojos de persistentes legañas con las estúpidas noticias de diarios gratuitos que, para más inri, se exhiben sin rigor alguno. Llegar a una oficina sin vida poblada de personas maquinizadas que repiten un guión sin cesar. Hablar con ellas en los descansos y comprobar que están vacías. Que no tienen más inquietudes que llegar a los objetivos de ventas semanales. Que todo les parece bien, que no están disconformes, o peor aún, que se sienten afortunadas. La alienación del individuo es un hecho, un mal que, aunque avisado por sociólogos hace más de dos décadas, se ha perpetrado en nuestras conciencias, apoyándose en una zozobra social que la ampara.
Salir a las tres de la tarde con el cuerpo cansado y el alma encogida. La mente, maltrecha y desatendida, sólo desea un descanso. Así pasan la mayoría de las tardes, insulsas, sin pena ni gloria, vacías. Intento evadirme con un curso de periodismo y unas cervezas por la noche, olvidar que soy incluso peor que todos los demás compañeros, porque soy conciente de la situación y no sólo no hago nada en contra, si no que contribuyo cada mañana por una miseria de sueldo.
La evolución de la esclavitud, pienso a veces. Antes eras propiedad de un señor que te pagaba con comida y techo. Ahora, sigues perteneciendo a un señor, pero la comida y la casa corren de tu cuenta. Parece mentira que con el disfraz demagógico del Estado del Bienestar todo esté justificado. Los derechos de los trabajadores se verán muy pronto mermados para que los de siempre sigan ganando lo mismo. Despido libre, jubilación tardía, arrimar el hombro, apretarse el cinturón... ¿Cuánto más estamos dispuestos a digerir antes de salir a la calle para recuperar, o mejor dicho, alcanzar de una vez por todas aquello que nos pertenece?
La genearación que nos precede se subió al tren y ya tienen mucho que perder como para esperar de ellos un acto de valentía y solidaridad. La generación que nos persigue está asolada de 'ninis' o, en el mejor de los casos, de mentes muy contaminadas en el que el valor de ser productivos prevalece sobre cualquier otro. Por tanto nos toca, a todos aquellos nacidos en los ochenta, tomar el timón de un barco que desvaría. Aún no tenemos nada que perder, aún estamos a tiempo.

Madrid, 3 de febrero

Nuevo contrato para paliar la ansiedad profesional. Esa que espera una llamada que cada vez queda más lejos. Esa que se apodera de mí en los momentos de absoluta soledad. Esa que, además, es vocacional. Esa que se encarga, en ocasiones, de engarrotarme los nudillos para que no puedan dibujar palabras. Esa que, como sutil venganza, me recuerda que sólo hay un culpable y una causa.
Es dificil levantarse al alba sin esa vidilla que proporcionan los retos apasionantes, así que me disfrazo la realidad. No es algo nuevo, lo he hecho siempre, aunque cuando es por entretenimiento es más divertido que cuando se trata de supervivencia mental.
Sin embargo, estas preocupaciones nadan en la superficie. Lo verdaderamente sórdido es que llegue el día en el que el reloj de Sol marque las 15:30 y me sienta satisfecho por mi labor, orgulloso por mi trabajo, afortunado y dichoso. Ese día, habré bajado los brazos... Ese día habrá muerto el espíritu... Ese día no debe amanecer.

He vuelto a firmar tiempo... No lo puedo olvidar.