Levantarse a las 6:30. Ducharse y desayunar un tísico café y un indolente cigarrillo. Correr hacia el autobús y hacer trasbordo en el metro de Embajadores. Desengrasar los ojos de persistentes legañas con las estúpidas noticias de diarios gratuitos que, para más inri, se exhiben sin rigor alguno. Llegar a una oficina sin vida poblada de personas maquinizadas que repiten un guión sin cesar. Hablar con ellas en los descansos y comprobar que están vacías. Que no tienen más inquietudes que llegar a los objetivos de ventas semanales. Que todo les parece bien, que no están disconformes, o peor aún, que se sienten afortunadas. La alienación del individuo es un hecho, un mal que, aunque avisado por sociólogos hace más de dos décadas, se ha perpetrado en nuestras conciencias, apoyándose en una zozobra social que la ampara.
Salir a las tres de la tarde con el cuerpo cansado y el alma encogida. La mente, maltrecha y desatendida, sólo desea un descanso. Así pasan la mayoría de las tardes, insulsas, sin pena ni gloria, vacías. Intento evadirme con un curso de periodismo y unas cervezas por la noche, olvidar que soy incluso peor que todos los demás compañeros, porque soy conciente de la situación y no sólo no hago nada en contra, si no que contribuyo cada mañana por una miseria de sueldo.
La evolución de la esclavitud, pienso a veces. Antes eras propiedad de un señor que te pagaba con comida y techo. Ahora, sigues perteneciendo a un señor, pero la comida y la casa corren de tu cuenta. Parece mentira que con el disfraz demagógico del Estado del Bienestar todo esté justificado. Los derechos de los trabajadores se verán muy pronto mermados para que los de siempre sigan ganando lo mismo. Despido libre, jubilación tardía, arrimar el hombro, apretarse el cinturón... ¿Cuánto más estamos dispuestos a digerir antes de salir a la calle para recuperar, o mejor dicho, alcanzar de una vez por todas aquello que nos pertenece?
La genearación que nos precede se subió al tren y ya tienen mucho que perder como para esperar de ellos un acto de valentía y solidaridad. La generación que nos persigue está asolada de 'ninis' o, en el mejor de los casos, de mentes muy contaminadas en el que el valor de ser productivos prevalece sobre cualquier otro. Por tanto nos toca, a todos aquellos nacidos en los ochenta, tomar el timón de un barco que desvaría. Aún no tenemos nada que perder, aún estamos a tiempo.
Suscribo hasta la última palabra de lo dicho
ResponderEliminarIncendiario.
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