¡Qué hijos de puta! Esta es la expresión que más retumbó mi mente ayer. La empresa me obligó a disfrutar los cuatro días de vacaciones que me correspondían por dos meses de trabajo para no tener que pagármelos en el finiquito. De miércoles a sábado santo, cuando finaliza mi contrato. Sí, están leyendo bien, me dan vacaciones en días festivos y, para colmo, avisando con minutos de antelación, con lo que de poco me sirve esta aciaga mañana de miércoles, mas que para perder dinero.
La maquiavélica jugada estaba pensada desde hace, al menos, una semana, pero lejos de avisarme para poder disfrutar de la Semana Santa completa, esperaron a las 14:55 de ayer para comunicármelo.
Para poner la guinda a la conversación más cínica que recuerdo, me instaron a llamar para poder cobrar tanto el finiquito como los tres días de abril que tenía firmado. Ya llevo tres llamadas con el mismo resultado: 'buzón movistar'. Encima no cobraré la nomina de marzo hasta después de las fiestas, por lo que se convertirán en austeras.
Las verdaderas aventuras tienen un comienzo que no quiere encontrarse con el fin
Lisboa, 27 de Marzo
A nuestra llegada, descansaba apelotonada junto a la orilla del Tajo. Sus calles se mostraban practicamente vacías, sin un alma que distrajera la atención, flanqueadas por las miradas desafiantes de la Alfama y el Barrio Alto. La plaza de Rossio aglutinó a los primeros viandantes, que brindaron en su honor con el primer chupito de ginginha.
Las nubes y el sol se turnan para hacer de guías en un paseo panorámico por cada uno de sus recovecos. La plaza de Comercio funcionaba como una claraboya. Canalizaba el resplandor de los rayos solares en contacto con el agua por sus tres arterias principales, iluminando con precisión las dos emblemáticas colinas, a izquierda y derecha, y la plaza de Restauradores en la llanura. La decadencia, como la vejez, no le sienta bien a todo el mundo, pero Lisboa es el vivo ejemplo de que el paso del tiempo puede ser una virtud si se asume con estilo y personalidad.
El Barrio Alto se asoma por encima del Chiado, con sus numerosas esquinas y plazoletas para recordar. Se respiraba una tranquilidad recien cocinada. Las cuestas nos descubrían construcciones de hermosura natural, sin maquillaje alguno en las fachadas. La biblioteca nacional ejercía de meta de todas idas y venidas, y los tranvías te seducen con su vaiven para regresar a la orilla del Tajo.
Al otro lado, majestuoso, el castillo de San Jorge observa cada movimiento de la ciudad. Desde sus arrabales se descubren atardeceres de luz incandescente en cada uno de los numerosos miradores. La hosca catedral rompe la magia árabe, pero no desentona con el resto de las ruinosas maravillas de Alfama.
Al otro lado del río, el Cristo Rey velaba por la seguridad de la ciudad. Desde sus pies, la capital portuguesa se exhibe como una joya engarzada en turbadora tristeza. Podría decir que Lisboa es la única ciudad que conozco en donde la nostalgia y el desamparo se abrazan para engendrar la belleza sublime.
Las nubes y el sol se turnan para hacer de guías en un paseo panorámico por cada uno de sus recovecos. La plaza de Comercio funcionaba como una claraboya. Canalizaba el resplandor de los rayos solares en contacto con el agua por sus tres arterias principales, iluminando con precisión las dos emblemáticas colinas, a izquierda y derecha, y la plaza de Restauradores en la llanura. La decadencia, como la vejez, no le sienta bien a todo el mundo, pero Lisboa es el vivo ejemplo de que el paso del tiempo puede ser una virtud si se asume con estilo y personalidad.
El Barrio Alto se asoma por encima del Chiado, con sus numerosas esquinas y plazoletas para recordar. Se respiraba una tranquilidad recien cocinada. Las cuestas nos descubrían construcciones de hermosura natural, sin maquillaje alguno en las fachadas. La biblioteca nacional ejercía de meta de todas idas y venidas, y los tranvías te seducen con su vaiven para regresar a la orilla del Tajo.
Al otro lado, majestuoso, el castillo de San Jorge observa cada movimiento de la ciudad. Desde sus arrabales se descubren atardeceres de luz incandescente en cada uno de los numerosos miradores. La hosca catedral rompe la magia árabe, pero no desentona con el resto de las ruinosas maravillas de Alfama.
Al otro lado del río, el Cristo Rey velaba por la seguridad de la ciudad. Desde sus pies, la capital portuguesa se exhibe como una joya engarzada en turbadora tristeza. Podría decir que Lisboa es la única ciudad que conozco en donde la nostalgia y el desamparo se abrazan para engendrar la belleza sublime.
Madrid, 24 de Marzo
En el horizonte, las pocas estrellas que se divisan parchean y desdibujan un norte perdido. Intentan despistar a la agonía del desazón con sentimentalismos patrios y viajes de ensueño. Sin embargo, se exhiben con menos fuerza, concientes de que las pirotecnias de neones ya no pueden iluminar algunos agujeros negros del espíritu.
Este trabajo se está convirtiendo en un asesino en serie de musas. En un obsceno depredador de creaciones. En un repelente de ambiciones.
¿La buena noticia? El queroxeno necesario para que estas constelaciones vuelvan a colorear de ilusiones a la Estrella Polar está a la vuelta de la esquina. Cinco días restan para experimentar la sensación de una despedida orgásmica. Para firmar el despido más esperado de mi vida. Para poner, de una vez por todas, punto y aparte.
Los planes ilusionantes que desde pequeño soñaba que ocurrían en Madrid asomarán a primeros de abril. Tendrán prioridad absoluta y trato de favor. La financiación correrá a cargo de mujeres, copas y azar, y yo pondré la decoración y la parafernalia...
Pero ahora estoy cansado, desmotivado y hasta paranoico. Los coletazos son los peores y esta enfermedad ya lleva su tiempo incubando. Espero que esos reflejos negros del horizonte no enturbien la labor de las pocas estrellas que aun se atreven a brillar. No en la recta final.
Este trabajo se está convirtiendo en un asesino en serie de musas. En un obsceno depredador de creaciones. En un repelente de ambiciones.
¿La buena noticia? El queroxeno necesario para que estas constelaciones vuelvan a colorear de ilusiones a la Estrella Polar está a la vuelta de la esquina. Cinco días restan para experimentar la sensación de una despedida orgásmica. Para firmar el despido más esperado de mi vida. Para poner, de una vez por todas, punto y aparte.
Los planes ilusionantes que desde pequeño soñaba que ocurrían en Madrid asomarán a primeros de abril. Tendrán prioridad absoluta y trato de favor. La financiación correrá a cargo de mujeres, copas y azar, y yo pondré la decoración y la parafernalia...
Pero ahora estoy cansado, desmotivado y hasta paranoico. Los coletazos son los peores y esta enfermedad ya lleva su tiempo incubando. Espero que esos reflejos negros del horizonte no enturbien la labor de las pocas estrellas que aun se atreven a brillar. No en la recta final.
Madrid, 17 de Marzo
La casualidad, la puta casualidad. Llevaba semanas en la piqueta, con la espada rasgando mi camiseta y lamiendo cal. Y, de repente, el acero se deshizo bajo argumentos económicos y el muro cedió ante la saliva. Era más improbable continuar en mi puesto de trabajo que la lluvia azote durante tres meses en el sur sin margen de tregua. Pero el destino es así de caprichoso e irónico, y yo continuaré mañana con la oreja pegada al teléfono durante siete insufribles horas, así como los campos meridionales se han convertido en vastos lagos de lodo.
Esta mañana deliraba a las siete y media con la idea despedirme de ese infierno de fraudes, recibos y números telefónicos. Me excitaba la idea de escupir verdades a la salida, cobrando un sueldo que me pertenece aunque no lo cubriera de horas producidas y con la sonrisa del trabajo bien hecho, ese que acaba en un despido improcedente por actitud deshonrosa para con la empresa. Pasó, sin hacer ruido, la parada de Almendrales y, en un abrir y cerrar de ojos, fichaba, cual objeto inerte y sin expectativas, con mi tarjeta en un aparato que aliena a la persona hasta tal punto que la convierte en un número: 168.
Me senté con la mirada perdida en mi mesa, abotargada de 'post-it' que dibujaban más ilusiones que realidades. Al fin y al cabo, algunos llevan semanas prometiendo euros y ni el mejor de los papiroflexistas podría esculpir una moneda de esos trozos amarillos con pegamento. Cogí el teléfono con desgana y no rebatí ninguna de las incesantes negaciones que acarreaba cada llamada telefónica. Colgaba y pensaba "un minuto menos", e intercambiaba sonrisas con mi compañero, en idéntica situación a la mía. Pero, de repente, todo se fue al traste. Dos llamadas consecutivas, alrededor de las once de la mañana, frustaron todos mis sueños. Querían colaborar con la Guardia Civil, les parecía bien desembolsar 250 euros y no tenían reparo alguno en facilitar la cuenta bancaria por teléfono. Malditos carniceros de Guadalajara. Así fue como llegué a rellenar mi hoja fraudulenta semanal con 700 euros y, encima, tuve que aguantar las felicitaciones de un jefe que, ahora, cambiaba la linea argumental de mi situación.
Ahora tendré que esforzarme a fondo para alcanzar mi cometido porque, puestos a tener que pagarme, no dudarán en forzarme a cumplir hasta el último segundo de las horas que me restan.
Esta mañana deliraba a las siete y media con la idea despedirme de ese infierno de fraudes, recibos y números telefónicos. Me excitaba la idea de escupir verdades a la salida, cobrando un sueldo que me pertenece aunque no lo cubriera de horas producidas y con la sonrisa del trabajo bien hecho, ese que acaba en un despido improcedente por actitud deshonrosa para con la empresa. Pasó, sin hacer ruido, la parada de Almendrales y, en un abrir y cerrar de ojos, fichaba, cual objeto inerte y sin expectativas, con mi tarjeta en un aparato que aliena a la persona hasta tal punto que la convierte en un número: 168.
Me senté con la mirada perdida en mi mesa, abotargada de 'post-it' que dibujaban más ilusiones que realidades. Al fin y al cabo, algunos llevan semanas prometiendo euros y ni el mejor de los papiroflexistas podría esculpir una moneda de esos trozos amarillos con pegamento. Cogí el teléfono con desgana y no rebatí ninguna de las incesantes negaciones que acarreaba cada llamada telefónica. Colgaba y pensaba "un minuto menos", e intercambiaba sonrisas con mi compañero, en idéntica situación a la mía. Pero, de repente, todo se fue al traste. Dos llamadas consecutivas, alrededor de las once de la mañana, frustaron todos mis sueños. Querían colaborar con la Guardia Civil, les parecía bien desembolsar 250 euros y no tenían reparo alguno en facilitar la cuenta bancaria por teléfono. Malditos carniceros de Guadalajara. Así fue como llegué a rellenar mi hoja fraudulenta semanal con 700 euros y, encima, tuve que aguantar las felicitaciones de un jefe que, ahora, cambiaba la linea argumental de mi situación.
Ahora tendré que esforzarme a fondo para alcanzar mi cometido porque, puestos a tener que pagarme, no dudarán en forzarme a cumplir hasta el último segundo de las horas que me restan.
Madrid, 10 de Marzo
Hay ocasiones en las que te sorprenden, otras en las que te impresionan, pero hay muy pocas en las que sientes un agarrotamiento de palabras en la garganta al tiempo en que te invade el rostro una expresión pueril y de felicidad inocente. Ayer me recorrió el cuerpo esta sensación por segunda vez en mi vida.
Recuerdo, con el más mínimo detalle, la primera. Yo tenía ocho años y era un seis de enero a las nueve de la mañana. Llevaba más de tres años consecutivos dejándome las yemas de los dedos en correspondencia mágica hacia los Reyes de Oriente. Por activa y por pasiva había rogado que dejaran en el árbol de Navidad una videoconsola, pero mis incesantes intentos habían resultado siempre en vano. Sin embargo, aquella fría mañana, mis plegarias tuvieron un eco positivo. Mis padres, que tomaban café esperando a que yo despertara, me seguían cámara de fotos en mano. Yo abrí, con las legañas todavía de orgía por mis ojos, la puerta del salón expectante. Y allí estaba, sin envolver. No podía ni acercarme a ella. Era tanta la dosis de alegría que me dediqué, durante unos minutos, a dar vueltas alrededor de mis padres gritando, entre sollozos. "¡No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... Por fin!". Tras superar el shock inicial, corrí raudo a ponerla en funcionamiento y disfrutar de aquella maravilla. Pasaron dos horas como si fuesen escasos minutos y mis padres me arrancaron de mi entretenimiento para poner rumbo a una comida de reyes en familia. Resignado, la apagué promientiéndole que regresaría lo antes posible.
Ayer me volvió a ocurrir. Aquellos dos minutos de cadena de regalos volvieron a emocionarme por encima de mis expectativas. Tras un maravilloso y gráfico repaso a once meses de felicidad, ella colocó en mis manos dos maravillas en blanco bajo la firme afirmación de que sólo quedarán conclusos cuando yo los inunde de garabatos. En ese instante, tuve la incontrolable inercia de avalanzarme sobre sus labios, pero ella me contuvo. Me instó a buscar una nueva pista que me trasladaría al mejor de mis sueños. Era tanto el nivel de emoción e incredulidad que no supe descifrar aquella fotografía más allá de las dos palabras que aparecían. Ante mi torpeza, ella me empujó al altillo, y allí estaba, majestuosa, antigua, bañada de la magia que sólo pueden poseer aquellos objetos con los que sueñas desde hace años: una maravillosa máquina de escribir. Como cuando tenía ocho años, me hubiera gustado quedarme a solas con ella, para juguetear y trastear, pero entonces entendí que el verdadero regalo no era la máquina, sino el compartir el tiempo con alguien que se desvive por conocerte y hacerte feliz.
Las gracias se quedarían muy cortas, así que me tendré que esperar al día 21.
Recuerdo, con el más mínimo detalle, la primera. Yo tenía ocho años y era un seis de enero a las nueve de la mañana. Llevaba más de tres años consecutivos dejándome las yemas de los dedos en correspondencia mágica hacia los Reyes de Oriente. Por activa y por pasiva había rogado que dejaran en el árbol de Navidad una videoconsola, pero mis incesantes intentos habían resultado siempre en vano. Sin embargo, aquella fría mañana, mis plegarias tuvieron un eco positivo. Mis padres, que tomaban café esperando a que yo despertara, me seguían cámara de fotos en mano. Yo abrí, con las legañas todavía de orgía por mis ojos, la puerta del salón expectante. Y allí estaba, sin envolver. No podía ni acercarme a ella. Era tanta la dosis de alegría que me dediqué, durante unos minutos, a dar vueltas alrededor de mis padres gritando, entre sollozos. "¡No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... Por fin!". Tras superar el shock inicial, corrí raudo a ponerla en funcionamiento y disfrutar de aquella maravilla. Pasaron dos horas como si fuesen escasos minutos y mis padres me arrancaron de mi entretenimiento para poner rumbo a una comida de reyes en familia. Resignado, la apagué promientiéndole que regresaría lo antes posible.
Ayer me volvió a ocurrir. Aquellos dos minutos de cadena de regalos volvieron a emocionarme por encima de mis expectativas. Tras un maravilloso y gráfico repaso a once meses de felicidad, ella colocó en mis manos dos maravillas en blanco bajo la firme afirmación de que sólo quedarán conclusos cuando yo los inunde de garabatos. En ese instante, tuve la incontrolable inercia de avalanzarme sobre sus labios, pero ella me contuvo. Me instó a buscar una nueva pista que me trasladaría al mejor de mis sueños. Era tanto el nivel de emoción e incredulidad que no supe descifrar aquella fotografía más allá de las dos palabras que aparecían. Ante mi torpeza, ella me empujó al altillo, y allí estaba, majestuosa, antigua, bañada de la magia que sólo pueden poseer aquellos objetos con los que sueñas desde hace años: una maravillosa máquina de escribir. Como cuando tenía ocho años, me hubiera gustado quedarme a solas con ella, para juguetear y trastear, pero entonces entendí que el verdadero regalo no era la máquina, sino el compartir el tiempo con alguien que se desvive por conocerte y hacerte feliz.
Las gracias se quedarían muy cortas, así que me tendré que esperar al día 21.
Madrid, 8 de Marzo
Una vez escuché a un artista cantar al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Hoy estoy seguro de que podía estar hablando de cualquier parte del mundo, menos de Sevilla. Y eso que la sorprendí deprimida y agriada por la cantidad ingente de lluvias que la están azotando. Pero incluso cuando las comisuras de sus calles no resplandecen de alegría, la solera aún persiste en sus rincones y en sus gentes.
Tras una escueta y húmeda noche de viernes, nació un sábado del que llevaba anhelando su llegada desde hacía un mes. Todo comenzó con una comida familiar, de esas que antaño sólo me producían una pereza controlada, pero que ahora las disfruto casi como un patriarca gitano. La herencia genética ataca cuando más lejos estás de su rutina, 'man que me pese'. Los únicos que no estuvieron a la altura de las circunstancias fueron los alimentos, aunque también es cierto que era a los que menos valoraba de la reunión. Tras la sobremesa, puse rumbo hacia el barrio Santa Cruz para aliviar una espinita clavada en la voracidad artística de ella: el Alcázar. Reconozco que no disfruté, como en otras ocasiones, de su experiencia artística, pero es que tenía puesta la cabeza en la noche que se avecinaba. Antes de regresar a casa para preparar la fiesta nocturna hicimos una parada obligatoria: el Perejil. Volví a degustar con ella el vino de naranja mientras recreaba mi memoria con miradas tímidas y expectantes. Fue un deja vú orgásmico, una prueba irrefutable de la felicidad añadida que me acompaña desde hace casi once meses.
Tras ese paréntesis, volvieron a aflorar mis nervios. Quería verlos a todos, sin excepción, disfrutarlos, contagiarme de chorradas que desengrasan las necesidades del reir por reir. Hartarme de vicios poco saludables, perder el control por los bares de siempre con la compañía de los de toda la vida. Comprobar que, aunque casi todo es diferente, apenas ha cambiado nada porque, a la hora de mi verdad, respondieron todos sin excepción o excusas. Fue una noche inolvidable, de las que habrá que repetir con la única intención de superarla.
El domingo no existió, pero mereció la pena empeñarlo.
Tras una escueta y húmeda noche de viernes, nació un sábado del que llevaba anhelando su llegada desde hacía un mes. Todo comenzó con una comida familiar, de esas que antaño sólo me producían una pereza controlada, pero que ahora las disfruto casi como un patriarca gitano. La herencia genética ataca cuando más lejos estás de su rutina, 'man que me pese'. Los únicos que no estuvieron a la altura de las circunstancias fueron los alimentos, aunque también es cierto que era a los que menos valoraba de la reunión. Tras la sobremesa, puse rumbo hacia el barrio Santa Cruz para aliviar una espinita clavada en la voracidad artística de ella: el Alcázar. Reconozco que no disfruté, como en otras ocasiones, de su experiencia artística, pero es que tenía puesta la cabeza en la noche que se avecinaba. Antes de regresar a casa para preparar la fiesta nocturna hicimos una parada obligatoria: el Perejil. Volví a degustar con ella el vino de naranja mientras recreaba mi memoria con miradas tímidas y expectantes. Fue un deja vú orgásmico, una prueba irrefutable de la felicidad añadida que me acompaña desde hace casi once meses.
Tras ese paréntesis, volvieron a aflorar mis nervios. Quería verlos a todos, sin excepción, disfrutarlos, contagiarme de chorradas que desengrasan las necesidades del reir por reir. Hartarme de vicios poco saludables, perder el control por los bares de siempre con la compañía de los de toda la vida. Comprobar que, aunque casi todo es diferente, apenas ha cambiado nada porque, a la hora de mi verdad, respondieron todos sin excepción o excusas. Fue una noche inolvidable, de las que habrá que repetir con la única intención de superarla.
El domingo no existió, pero mereció la pena empeñarlo.
Madrid, 3 de Marzo
Tenía tan claro que hoy iba a ser mi último día como 'recaudador de impuestos' para la Guardia Civil que descanso sobre sentimientos enfrentados. Intento amedrentar la batalla repitiéndome que, como mucho, será dentro de una semana. Y que, a lo mejor, es mañana.
Anoche soñé que volvía a la universidad. Volvía a hacer cosas que me motivaban, me inundaban las ganas de volver a escribir desmesuradamente, encontraba oportunidades mal pagadas pero ilusionantes. Entraba en clases que desprendían conocimientos a raudales, volvía a fumar muerto de frío con un café que calentaba mejor las manos que la garganta. Imaginaba una beca para investigar sobre comunicación, humanismo y procesos políticos. Incluso cuando, tras un largo día volviendome a sentir útil, regresaba a casa, mi inhóspito zulo se había transformado en un pequeño despacho con un escritorio al fondo, decorado con una máquina de escribir, una botella de JB y un cenicero blanco coloreado con frases de algún poeta. Había también una estantería de pared rebosante de libros, con pequeñas figuritas actuando como separadores. Una vieja silla de madera con un cojín rojo y varios cuadros y pósters tiñiendo los tristes muros blancos. No había cama y es que, ante tal panorama creativo, ¿quién necesita horas de descanso y sueño?
Tanto habré disfrutado del sueño que esta mañana he arañado de tal forma los minutos para despertarme que he llegado casi una hora tarde al trabajo. Tras una primera bronca del jefe por mi retraso, se ha apoderado de mis recibos el efecto dominó. Cero euros por segunda semana consecutiva. A partir de las dos he empezado a mirar el minutero del reloj de la oficina incesantemente. No estaba cansado, esperaba, con ansia desmesurada, la llamada a capítulo de mi jefe para invitarme a no regresar más. No llegó y, en mi interior, a salvo de todas las necesidades sociales que impica el dinero, hubiera deseado que llegase.
Anoche soñé que volvía a la universidad. Volvía a hacer cosas que me motivaban, me inundaban las ganas de volver a escribir desmesuradamente, encontraba oportunidades mal pagadas pero ilusionantes. Entraba en clases que desprendían conocimientos a raudales, volvía a fumar muerto de frío con un café que calentaba mejor las manos que la garganta. Imaginaba una beca para investigar sobre comunicación, humanismo y procesos políticos. Incluso cuando, tras un largo día volviendome a sentir útil, regresaba a casa, mi inhóspito zulo se había transformado en un pequeño despacho con un escritorio al fondo, decorado con una máquina de escribir, una botella de JB y un cenicero blanco coloreado con frases de algún poeta. Había también una estantería de pared rebosante de libros, con pequeñas figuritas actuando como separadores. Una vieja silla de madera con un cojín rojo y varios cuadros y pósters tiñiendo los tristes muros blancos. No había cama y es que, ante tal panorama creativo, ¿quién necesita horas de descanso y sueño?
Tanto habré disfrutado del sueño que esta mañana he arañado de tal forma los minutos para despertarme que he llegado casi una hora tarde al trabajo. Tras una primera bronca del jefe por mi retraso, se ha apoderado de mis recibos el efecto dominó. Cero euros por segunda semana consecutiva. A partir de las dos he empezado a mirar el minutero del reloj de la oficina incesantemente. No estaba cansado, esperaba, con ansia desmesurada, la llamada a capítulo de mi jefe para invitarme a no regresar más. No llegó y, en mi interior, a salvo de todas las necesidades sociales que impica el dinero, hubiera deseado que llegase.
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