A nuestra llegada, descansaba apelotonada junto a la orilla del Tajo. Sus calles se mostraban practicamente vacías, sin un alma que distrajera la atención, flanqueadas por las miradas desafiantes de la Alfama y el Barrio Alto. La plaza de Rossio aglutinó a los primeros viandantes, que brindaron en su honor con el primer chupito de ginginha.
Las nubes y el sol se turnan para hacer de guías en un paseo panorámico por cada uno de sus recovecos. La plaza de Comercio funcionaba como una claraboya. Canalizaba el resplandor de los rayos solares en contacto con el agua por sus tres arterias principales, iluminando con precisión las dos emblemáticas colinas, a izquierda y derecha, y la plaza de Restauradores en la llanura. La decadencia, como la vejez, no le sienta bien a todo el mundo, pero Lisboa es el vivo ejemplo de que el paso del tiempo puede ser una virtud si se asume con estilo y personalidad.
El Barrio Alto se asoma por encima del Chiado, con sus numerosas esquinas y plazoletas para recordar. Se respiraba una tranquilidad recien cocinada. Las cuestas nos descubrían construcciones de hermosura natural, sin maquillaje alguno en las fachadas. La biblioteca nacional ejercía de meta de todas idas y venidas, y los tranvías te seducen con su vaiven para regresar a la orilla del Tajo.
Al otro lado, majestuoso, el castillo de San Jorge observa cada movimiento de la ciudad. Desde sus arrabales se descubren atardeceres de luz incandescente en cada uno de los numerosos miradores. La hosca catedral rompe la magia árabe, pero no desentona con el resto de las ruinosas maravillas de Alfama.
Al otro lado del río, el Cristo Rey velaba por la seguridad de la ciudad. Desde sus pies, la capital portuguesa se exhibe como una joya engarzada en turbadora tristeza. Podría decir que Lisboa es la única ciudad que conozco en donde la nostalgia y el desamparo se abrazan para engendrar la belleza sublime.
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