Madrid, 17 de Marzo

La casualidad, la puta casualidad. Llevaba semanas en la piqueta, con la espada rasgando mi camiseta y lamiendo cal. Y, de repente, el acero se deshizo bajo argumentos económicos y el muro cedió ante la saliva. Era más improbable continuar en mi puesto de trabajo que la lluvia azote durante tres meses en el sur sin margen de tregua. Pero el destino es así de caprichoso e irónico, y yo continuaré mañana con la oreja pegada al teléfono durante siete insufribles horas, así como los campos meridionales se han convertido en vastos lagos de lodo.
Esta mañana deliraba a las siete y media con la idea despedirme de ese infierno de fraudes, recibos y números telefónicos. Me excitaba la idea de escupir verdades a la salida, cobrando un sueldo que me pertenece aunque no lo cubriera de horas producidas y con la sonrisa del trabajo bien hecho, ese que acaba en un despido improcedente por actitud deshonrosa para con la empresa. Pasó, sin hacer ruido, la parada de Almendrales y, en un abrir y cerrar de ojos, fichaba, cual objeto inerte y sin expectativas, con mi tarjeta en un aparato que aliena a la persona hasta tal punto que la convierte en un número: 168.
Me senté con la mirada perdida en mi mesa, abotargada de 'post-it' que dibujaban más ilusiones que realidades. Al fin y al cabo, algunos llevan semanas prometiendo euros y ni el mejor de los papiroflexistas podría esculpir una moneda de esos trozos amarillos con pegamento. Cogí el teléfono con desgana y no rebatí ninguna de las incesantes negaciones que acarreaba cada llamada telefónica. Colgaba y pensaba "un minuto menos", e intercambiaba sonrisas con mi compañero, en idéntica situación a la mía. Pero, de repente, todo se fue al traste. Dos llamadas consecutivas, alrededor de las once de la mañana, frustaron todos mis sueños. Querían colaborar con la Guardia Civil, les parecía bien desembolsar 250 euros y no tenían reparo alguno en facilitar la cuenta bancaria por teléfono. Malditos carniceros de Guadalajara. Así fue como llegué a rellenar mi hoja fraudulenta semanal con 700 euros y, encima, tuve que aguantar las felicitaciones de un jefe que, ahora, cambiaba la linea argumental de mi situación.
Ahora tendré que esforzarme a fondo para alcanzar mi cometido porque, puestos a tener que pagarme, no dudarán en forzarme a cumplir hasta el último segundo de las horas que me restan.

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