En el horizonte, las pocas estrellas que se divisan parchean y desdibujan un norte perdido. Intentan despistar a la agonía del desazón con sentimentalismos patrios y viajes de ensueño. Sin embargo, se exhiben con menos fuerza, concientes de que las pirotecnias de neones ya no pueden iluminar algunos agujeros negros del espíritu.
Este trabajo se está convirtiendo en un asesino en serie de musas. En un obsceno depredador de creaciones. En un repelente de ambiciones.
¿La buena noticia? El queroxeno necesario para que estas constelaciones vuelvan a colorear de ilusiones a la Estrella Polar está a la vuelta de la esquina. Cinco días restan para experimentar la sensación de una despedida orgásmica. Para firmar el despido más esperado de mi vida. Para poner, de una vez por todas, punto y aparte.
Los planes ilusionantes que desde pequeño soñaba que ocurrían en Madrid asomarán a primeros de abril. Tendrán prioridad absoluta y trato de favor. La financiación correrá a cargo de mujeres, copas y azar, y yo pondré la decoración y la parafernalia...
Pero ahora estoy cansado, desmotivado y hasta paranoico. Los coletazos son los peores y esta enfermedad ya lleva su tiempo incubando. Espero que esos reflejos negros del horizonte no enturbien la labor de las pocas estrellas que aun se atreven a brillar. No en la recta final.
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