Tenía tan claro que hoy iba a ser mi último día como 'recaudador de impuestos' para la Guardia Civil que descanso sobre sentimientos enfrentados. Intento amedrentar la batalla repitiéndome que, como mucho, será dentro de una semana. Y que, a lo mejor, es mañana.
Anoche soñé que volvía a la universidad. Volvía a hacer cosas que me motivaban, me inundaban las ganas de volver a escribir desmesuradamente, encontraba oportunidades mal pagadas pero ilusionantes. Entraba en clases que desprendían conocimientos a raudales, volvía a fumar muerto de frío con un café que calentaba mejor las manos que la garganta. Imaginaba una beca para investigar sobre comunicación, humanismo y procesos políticos. Incluso cuando, tras un largo día volviendome a sentir útil, regresaba a casa, mi inhóspito zulo se había transformado en un pequeño despacho con un escritorio al fondo, decorado con una máquina de escribir, una botella de JB y un cenicero blanco coloreado con frases de algún poeta. Había también una estantería de pared rebosante de libros, con pequeñas figuritas actuando como separadores. Una vieja silla de madera con un cojín rojo y varios cuadros y pósters tiñiendo los tristes muros blancos. No había cama y es que, ante tal panorama creativo, ¿quién necesita horas de descanso y sueño?
Tanto habré disfrutado del sueño que esta mañana he arañado de tal forma los minutos para despertarme que he llegado casi una hora tarde al trabajo. Tras una primera bronca del jefe por mi retraso, se ha apoderado de mis recibos el efecto dominó. Cero euros por segunda semana consecutiva. A partir de las dos he empezado a mirar el minutero del reloj de la oficina incesantemente. No estaba cansado, esperaba, con ansia desmesurada, la llamada a capítulo de mi jefe para invitarme a no regresar más. No llegó y, en mi interior, a salvo de todas las necesidades sociales que impica el dinero, hubiera deseado que llegase.
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