Madrid 23 de Abril

Ha sido un flash. Una mañana me despertaba a su lado, eran las nueve de la mañana. Regresé, como muchos días, a mi casa con las legañas torpedeando una visión nítida. Ella me despidió en Sol con los ojos hinchados y la tez pálida. Yo di un paseo por la calle Mayor hasta mi pequeño zulo. Y, de repente, casi sin tomar conciencia del paso de las horas, me encontraba en mitad de un tumulto, con un catavino rebosante de manzanilla y con la sonrisa plasmada en mi rostro. No había faltado a la cita y, en esta ocasión, demasiadas veces pensé que lo haría.
A partir de ahí, un sueño etílico se apoderó de mí. Las luces, diezmadas de farolillos a causa del temporal, iluminaban el paso despistado de los múltiples afluentes de personas. Cada uno con una dirección, todos con el mismo fin. Brindé con los que me odian, naufragué con los que despiertan indiferencia, y me emborraché con el de toda la vida.
Y llegó el martes. Y con él más reencuentros. Y con ellos más feria. En esa semana no te das cuenta en qué día vives a menos que te cobijes en casa y, en mi caso, no tenía claro si el lunes más largo del mundo estaba burlándose de mí. No eran las dos de la tarde cuando yo ya sólo respiraba alegría. No eran las siete cuando mi gaznate me devolvía fuego a cada sorbo de cubata. Y, para más inri, me desplacé en metro, al que sólo asocio con Madrid. La noche volvió a traer risas, excesos y promesas de resaca. Yo, adicto a esta trinidad, me dejé embalsamar.
Y llegó el miércoles, sin avisar. Amaneció nublado, como mi humor. Durante las primeras horas estaba desganado, influido por la sensación de despedida que significaba ese día. Pero el Real es un gran medicamento y pronto empecé a brindar y bailar por alegrías. También dije adiós, y me arrancaban una carcajada los que contestaban 'hasta la siguiente'.
Recuerdo que eran las 10 de la noche. Descansaba sobre el sofá medio adormilado. Y, de repente, pedía un café en un tugurio cercano a Atocha. Fue un flash... Bendito flash

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