En dos días comienzo un hipócrita curso para volver a convertirme en teleoperador. No me apetece una mierda, no quiero hacerlo y, sin embargo, allí estaré el miércoles a las diez de la mañana, como un clavo y aparentando ser una persona afortunada.
Ahora que sé lo que me espera a partir de julio y durante todo el año que viene (esto último sin confirmar hasta finales de mes), no quiero sentir que pierdo el tiempo dando tumbos entre llamada y llamada de teléfono. Pero, ¿no sería mayor pérdida estar todo el día sin hacer nada? No lo sé, pero es mi consuelo.
Eso sí, este espacio mermará en cantidad y calidad. Tendré poco que contar y mucho que callar. Seré un zombie sin maldad, un cuerpo que viene y va, alguien del que nada se puede esperar. Si al menos hubiera cogido fuerzas estos últimos días...
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