Madrid, 17 de Mayo

Te despiertas un día, con algo de resaca. Buscas, torpemente, algo de líquido en la nevera que te ayude a digerir los últimos síntomas de la abstinencia alcohólica. Con la garganta algo más relajada, alejándo ya cualquier paralelismo con un volcán en erupción, te diriges a la ducha. El agua cae ante la pasividad de tu cuerpo. No hay movimiento que impida que la gravedad relaje tus músculos. Por primera vez, en una mañana algo avanzada, todo comienza a tener sentido.
Apagas el grifo y te recreas con el vaho del espejo. No te secas, buscas algo de frío que revitalice la circulación por tus venas. Casi sin vestir, abandonas el baño envuelto en la toalla. Llegas al dormitorio y, mientras buscas algo de ropa en la más absoluta soledad, unos gritos resquebrajan la tranquilidad del momento. Sales buscando, husmeando, pero ¿qué exactamente?
Sabes lo que te espera pero, por un morbo descontrolado, quieres comprobarlo con tus propios ojos. Con sigilo, cruzas la cocina y depositas tu mano sobre el pomo de la puerta del salón. Giras noventa grados y sientes cómo el albedrío de las voces se paraliza ante un denso silencio.
Y allí estaban, tal y como te lo habías imaginado, o quizá rememorado. Tres personas sumidas por el desfase, cuba libre en mano y con unas pequeñas motas blancas en la nariz. En la cubitera apenas nadan un par de trozos de hielo y los ceniceros subsisten bajo una sobredosis de colillas.
Las voces comienzan a recuperar su brío anterior al distinguirte. Tú aceptas una cerveza, algo caliente ya, pero te resistes a entrar en el círculo espídico de aquella mesa. No son horas, te repites buscando el autoconvencimiento. Mientras bebes, observas las dilataciones de pupilas, las conversaciones inconexas, los exabruptos, las risas, la descordinación motora y, sin embargo, te entristeces al ver cómo los lúcidos comentarios son cercenados por las burlas. En seguida compruebas que la embriaguez absoluta, el desfase, es para compartirlo en igualdad de condiciones y, como no son horas (vuelves a repetirte), vas a por un abrigo y huyes hacia la calle.

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