Las diez de la mañana. Subía el Paseo de Delicias como el cordero que va al matadero. Los pasos se sucedían en contra de mi voluntad, pero a favor del viento de la necesidad. 80, 78, 76... Los números de los portales decaían al mismo ritmo que mi ímpetu. Y Madrid se mantenía al margen. Las cafeterías presentaban un aspecto saludable, los tintineos de las cucharillas en las tazas de café eran continuos y el humo de los cigarrillos ocupaba los pocos espacios que se atisbaban entre cabeza y cabeza. La calle, iluminada por los primeros rayos de sol, alquilaba sus aceras al vaivén incesante de pies firmes y decididos. Todo parecía tener sentido, incluso lógica, menos mis dubitativos pasos.
Y llegué al 32. El portal me arrancó una sonrisa irónica. Estaba oscuro, como mi presente. Reirte de tus desgracias es buena terapia, pensé, y subí cada uno de los peldaños que me conducía al primer piso repasando mentalmente lo que debía contar en la entrevista para que no dudaran en seleccionarme. Con completa austeridad en los gestos faciales, la mujer de recursos humanos fue escudriñando mis posibles cualidades para el trabajo. No sé si le gustó mi experiencia profesional pero sí que me escuchaba con atención cada vez que le razonaba las similitudes entre periodismo y marketing. Unas mentiras más o menos a estas alturas no me sonrojan, aunque sí que me hacen sentir hipócrita y poco comprometido conmigo mismo.
Una media hora duró el servicio de prostitución. Al salir, me apresuré para llegar a la parada de autobus. Quería llegar a casa y tampoco sé muy bien por qué. Quizá para poder desahogarme, quizá por vergüenza, o puede que también fuese por envidia. La calle seguía animada y yo, un animal con un pedazo menos de alma que vender.
Pero como ya te dijeron, aunque en un sentido distinto y a mí me hizo mucha gracia, a todo cerdo le llega su San Martín... Y a toda persona como tú le llega su oportunidad. O parte de ella ;)
ResponderEliminarTe quiero y te admiro tanto aunque vayas a destrozar mi verano xD!!!