Madrid, 16 de Junio

Una mala gripe no me ha dejado disfrutar en su justa medida del corte de mangas dedicado a mi ex-coordinadora de teleoperadores. Le dije adiós de la forma más ácida que se me ocurrió, dejando entrever que no sólo me iba, sino que nunca había estado. Ahora, a la espera del finiquito, que sumado a lo que me debe hacienda y a la fianza del casero, será mi financiación durante los próximos tres meses. Vuelve a tocar ahorrar.
Por otro lado, creo que tengo ganas de volver. Madrid debe cambiar en varios aspectos para terminar de sentirme como en casa. Por un lado, las viviendas, tanto la suya como la mía, deben fusionarse en busca de algo distinto a la infame incomodidad que hoy desdibuja nuestra intimidad. Por otro lado, las compañías, que este año apenas ha habido y que el próximo, con un máster como escenario, florecerán para sazonar la vida en su justa medida. Y, cómo no, el trabajo. Puede que sean los mismos que este año, pero cambiará lo más importante, la actitud que muestre ante ellos. Ya no será la única vía para sobrevivir, sino el medio que mantenga las ilusiones.
Me quedan 12 días aquí antes de marchar con el disfraz de emigrante. Es irónicamente bello que alguien vaya al sur en busca de trabajo y dinero que necesita en el norte. Homenaje a la tierra de uno.

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