Madrid, 27 de Junio

Arranca el último día bajo una tibia madrugada. El armario, la cómoda, el escritorio y las paredes me observan recelosos, huérfanos de mis enseres y recuerdos. Y yo lagrimeo. Sé que voy a echar de menos estos axfisiantes seis metros cuadrados a los que he dedicado mis más sinceros improperios. ¿Síndrome de Estocolmo? Sería una explicación bastante cínica. La realidad es que ha sido esta habitación la primera en darme la oportunidad de alcanzar mi sueño y yo nunca he dudado en que la abandonaría más pronto que tarde. Siento una especie sin catalogar de culpa.
Llevo semanas preparándome para la marcha y sé que he errado en mi afán autocompasivo. Me he repetido hasta la saciedad que voy a afrontar un paréntesis productivo (tanto como para el alma como para el bolsillo) para regresar a una vida mejor que la de este año con el fracaso de no haberme convencido casi en ninguna ocasión. Además, he intentado comportarme más gilipollas que nunca con ella con el estúpido objetivo de que sintiera con menos nostalgia mi marcha. Y no sólo no lo he conseguido ni un ápice, encima he desperdiciado los últimos días de vino y rosas.
Y lo que más me jode es tener que poner este punto y aparte. Yo no quería volver bajo ninguna circunstancia. Por mucho que se disfrace, es regresar con el rabo entre las piernas. Es no haber alcanzado nada de lo propuesto. Tanto es así, que el año que viene, al menos en este instante, el rumbo del barco será totalmente distinto al que me marqué antes de emprender la aventura.

Con la mirada y esperanza puestas en octubre... Hasta entonces.

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