Martes, 1 de Junio

Son las tres de la mañana. Los ojos amenazan con cerrarse, pero mi mente quiere seguir despierta. A estas horas, bajo la oscuridad y el silencio, en armónica sintonía con la soledad, es cuando más vivo me siento. Recupero sueños, ilusiones y sentidos que se disipan por falta de atención. Rechazo rutinas, hastíos y rencores que he acumulado a lo largo de un lastimoso año.
Entonces, dibujo unas aulas llenas de voces; confesiones entre humo y café; tardes perdidas que acaban en un brindis, garabatos en folios desordenados, libros subrayados, proyectos inacabados que sueñan con epílogos; tensiones de biblioteca y juergas que celebran cualquier resultado o situación.
Veo como todos estos actores se desenvuelven en el escenario perfecto: un piso en el que confluirán todas las sensaciones que, este año, por circunstancias ajenas a la voluntad, se han tenido que reprimir más de lo deseado.

Supongo que por eso no quiero cerrar los ojos y dormir. Mañana volverá la mierda en su textura más amarga. Mañana volveré a pedir la hora. Mañana, hasta las nueve de la noche, no seré mínimamente feliz. Sólo espero que un pasado mañana no frustre el próximo curso... Si fuese así... ¡Qué carajo, no puede ser así!

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