La montaña rusa en la que estoy montado desde que llegué aquí parece que atisba una subida. Hay empresas que tienen miedo de que mis actividades (necesidades) periodísticas cercenen su libertad esclavizadora. Más de una sonrisa me arracaron ayer la déspota respuesta de algún que otro gabinete de comunicación. "Te podemos dar la versión oficial", suplicaba una voz al otro lado del teléfono. Mi cabeza lo tradujo sin eufemismos y provocó una chulesca contestación. "Ya la conozco, no se esfuerce". No lo hice por principios éticos periodísticos ya que, en aquel momento, no había nacido ni una sóla frase que pudieran temer. Más bien fue un ejercicio de venganza, repulsa y ¿por qué no?, también con una buena dosis de odio. Ya está bien de que la pirámide solo se desgaste por la base.
Con una ilusión de la que se sorprendió hasta el olvido, me lancé al ordenador. Vomité durante unas dos horas frases inconexas, tratando de exprimir al máximo las limitaciones de mi memoria. Traté, luego, de darle alguna que otra forma al estilo del texto y, en un presumido alarde, hasta llamé a algunos medios para buscarle un hueco a esas líneas.
Por otro lado, hoy me salió una entrevista como teleoperador. Sé que es macabramente obsceno alegrarse por un trabajo con tan pocos requisitos creativos, pero es incalificable no ser realista con la situación actual que me rodea. El genio tendrá que esperar. O transformarse. Esperemos que la entrevista llegue a buen puerto porque reportará tiempo, indispensable para cercar metas más gratificantes.
Pero como todo no podía ser bueno, la mala nueva es que alguna que otra empresa representante de ONGs sigue sin acordarse de mí. (Acepto piquetes para el lunes)
Las verdaderas aventuras tienen un comienzo que no quiere encontrarse con el fin
Madrid, 21 de Enero
¿Qué se puede escribir cuando la miserable rutina hastía cualquier intento de creación? Quizá se pueda hablar de inhóspitas webs de empleo basura, conversaciones inocuas y banales de salón, de cerveza y hachís como placebos o de horas que retrasan su paso para restregarte soledad interior.
Aferro mis fuerzas a cursos gratuitos, a paseos a la deriva, a abrazos reconfortantes. Pero necesito una ocupación real. Algo que distraiga a la mente para no dejarle hace su 'hara-kiri' diario y particular. Algo que no me escupa a la cara la necedad de un sistema del que prometieron prosperidad y sólo devuelve fracaso.
El tiempo pasa sin pena ni gloria y ya no sé qué hacer. Hoy me desperté temprano, sobre las nueve. Me duché y salí a buscar el trabajo que niega infojobs, primerempleo o cualquiera de estas páginas. El resultado, similar aunque con algún dolor de pie más. Quizá debiera darle alguna oportunidad más a este método, al fin y al cabo, han sido sólo tres o cuatro horas de colección de negaciones.
Al terminar esta peregrinación, que requiere más fe que las religosas, decidí comprobar si mis esfuerzos anteriores se habían traducido en un incremento en mi cuenta bancaria. Fue sarcástico comprobar que hasta las ONGs se han olvidado de mí. Después de mi cara poética de incredulidad frente a la pantalla del cajero automático, me he asegurado que mañana me van a escuchar en Begoña. Basta ya de poner la otra mejilla a no ser que sean unos labios los que la demanden. Menos mal que pude recoger limosna de Almagro 28, ya que lo que realmente demando de esa dirección, en el mejor de los casos, aún se hará esperar.
Aferro mis fuerzas a cursos gratuitos, a paseos a la deriva, a abrazos reconfortantes. Pero necesito una ocupación real. Algo que distraiga a la mente para no dejarle hace su 'hara-kiri' diario y particular. Algo que no me escupa a la cara la necedad de un sistema del que prometieron prosperidad y sólo devuelve fracaso.
El tiempo pasa sin pena ni gloria y ya no sé qué hacer. Hoy me desperté temprano, sobre las nueve. Me duché y salí a buscar el trabajo que niega infojobs, primerempleo o cualquiera de estas páginas. El resultado, similar aunque con algún dolor de pie más. Quizá debiera darle alguna oportunidad más a este método, al fin y al cabo, han sido sólo tres o cuatro horas de colección de negaciones.
Al terminar esta peregrinación, que requiere más fe que las religosas, decidí comprobar si mis esfuerzos anteriores se habían traducido en un incremento en mi cuenta bancaria. Fue sarcástico comprobar que hasta las ONGs se han olvidado de mí. Después de mi cara poética de incredulidad frente a la pantalla del cajero automático, me he asegurado que mañana me van a escuchar en Begoña. Basta ya de poner la otra mejilla a no ser que sean unos labios los que la demanden. Menos mal que pude recoger limosna de Almagro 28, ya que lo que realmente demando de esa dirección, en el mejor de los casos, aún se hará esperar.
Madrid, 13 de Enero
Y no comenzó bien el año. O al menos no comenzó como habían prometido los estertores de 2009. La fábula de la lechera irrumpió en la realidad en su fase más agorera: se rompió el cántaro. Una destitución no esperada y una mala gestión basada en palabras y no en papeles truncó un nuevo año rebosante de retos laborales.
Aquella fría mañana del cuatro de enero, fecha que hasta ese momento siempre había sido sinónimo de felicidad, congeló mi esperanza. Estaba de nuevo en el despacho de Almagro 28, pero las caras que me recibieron denostaban incredulidad y tristeza a partes iguales. Unos ojos serenos me comunicaron, casi sin pestañear, que no iba a haber contrato ni trabajo, al menos de momento. Sentí un inmenso escalofrío que se cebó con mis cuerdas vocales. Me quedé mudo, sin respuesta, hundido. Los segundos me fueron centrando en la nueva situación sin saber bien cuál podía ser ahora la dirección a tomar. Tras intentar, en vano, cualquier tipo de vínculo con la agencia para no perder de vista la oportunidad, cogí mi abrigo y, mientras giraba el pomo de la puerta, rogué que me comunicasen por teléfono cualquier novedad.
Salí de aquel sinfín de oscuros pasillos absorto. No podía concebir ninguna idea que me sacase de aquel pozo y deambulé por las calles. La lluvia me empapaba el rostro y los charcos embadurnaban los bajos de mis vaqueros. Consumido en lamentaciones, llegué a la conclusión de que no ha existido jamás una mañana tan triste en mi vida. Me sentí abandonado y traicionado. Al llegar a Fuencarral, levanté la vista por primera vez desde que salí por aquel portón inmenso de madera. A mi alrededor se veía a la gente feliz. Varias familias disfrutaban de las vacaciones navideñas sin ninguna preocupación aparente, todo eran juegos y sonrisas. Sentí envidia y rabia. Yo sólo quería un trabajo que no se caracterizara principalmente por su labor denigrante y, al parecer, es lo que me espera más pronto que tarde. Me habían vuelto a cerrar la puerta en mis narices y, además, esta vez, me habían arrancado gran parte de mi esperanza.
Al llegar a Sol decidí cambiar el chip. Me ayudó el recuerdo de ella. Ambos habíamos estado dos semanas separados y depositamos mucha ilusión en los días que se avecinaban. En ese momento era lo único que sabía que no me iba a fallar y decidí aferrarme a ese proyecto de semana feliz. Y así fue. Un día de Reyes mágico, recuerdos del verano, sofá, cama y bares. Y como colofón a esa semana mágica, un viaje a Granada. Ni el frío que soplaba desde Sierra Nevada pudo congelar esa escapada. Casi todo salió a pedir de boca. Realmente ha sido ella la que ha recargado mis baterías y me ha recordado, sin pronunciar palabra, que no me puedo rendir ante nada, que no vine a perder.
Aquella fría mañana del cuatro de enero, fecha que hasta ese momento siempre había sido sinónimo de felicidad, congeló mi esperanza. Estaba de nuevo en el despacho de Almagro 28, pero las caras que me recibieron denostaban incredulidad y tristeza a partes iguales. Unos ojos serenos me comunicaron, casi sin pestañear, que no iba a haber contrato ni trabajo, al menos de momento. Sentí un inmenso escalofrío que se cebó con mis cuerdas vocales. Me quedé mudo, sin respuesta, hundido. Los segundos me fueron centrando en la nueva situación sin saber bien cuál podía ser ahora la dirección a tomar. Tras intentar, en vano, cualquier tipo de vínculo con la agencia para no perder de vista la oportunidad, cogí mi abrigo y, mientras giraba el pomo de la puerta, rogué que me comunicasen por teléfono cualquier novedad.
Salí de aquel sinfín de oscuros pasillos absorto. No podía concebir ninguna idea que me sacase de aquel pozo y deambulé por las calles. La lluvia me empapaba el rostro y los charcos embadurnaban los bajos de mis vaqueros. Consumido en lamentaciones, llegué a la conclusión de que no ha existido jamás una mañana tan triste en mi vida. Me sentí abandonado y traicionado. Al llegar a Fuencarral, levanté la vista por primera vez desde que salí por aquel portón inmenso de madera. A mi alrededor se veía a la gente feliz. Varias familias disfrutaban de las vacaciones navideñas sin ninguna preocupación aparente, todo eran juegos y sonrisas. Sentí envidia y rabia. Yo sólo quería un trabajo que no se caracterizara principalmente por su labor denigrante y, al parecer, es lo que me espera más pronto que tarde. Me habían vuelto a cerrar la puerta en mis narices y, además, esta vez, me habían arrancado gran parte de mi esperanza.
Al llegar a Sol decidí cambiar el chip. Me ayudó el recuerdo de ella. Ambos habíamos estado dos semanas separados y depositamos mucha ilusión en los días que se avecinaban. En ese momento era lo único que sabía que no me iba a fallar y decidí aferrarme a ese proyecto de semana feliz. Y así fue. Un día de Reyes mágico, recuerdos del verano, sofá, cama y bares. Y como colofón a esa semana mágica, un viaje a Granada. Ni el frío que soplaba desde Sierra Nevada pudo congelar esa escapada. Casi todo salió a pedir de boca. Realmente ha sido ella la que ha recargado mis baterías y me ha recordado, sin pronunciar palabra, que no me puedo rendir ante nada, que no vine a perder.
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