Madrid, 20 de Mayo

Hola buenas tardes, soy Carlos Martín. Le llamo de Iberia Plus, de su programa de puntos, encantado de saludarle señora.

Recuerdo la cantidad de personajes y trabajos que inventaba en las paradisíacas noches jacksoneras. Qué apasionante era jugar a ser redactor jefe de El País, o corresponsal de Onda Cero, o director de comunicación de alguna consejería. Qué divertido era ver los ojos hipnotizados en aquellas inocentes muchachas que escuchaban con atención. Qué lujurioso era comprobar el efecto que producían las mentiras edulcoradas con alcohol.

Y qué sumamente triste es escuchar... Gracias, pero no estoy interesada, y volver a marcar otro inhóspito número.

Madrid, 17 de Mayo

Te despiertas un día, con algo de resaca. Buscas, torpemente, algo de líquido en la nevera que te ayude a digerir los últimos síntomas de la abstinencia alcohólica. Con la garganta algo más relajada, alejándo ya cualquier paralelismo con un volcán en erupción, te diriges a la ducha. El agua cae ante la pasividad de tu cuerpo. No hay movimiento que impida que la gravedad relaje tus músculos. Por primera vez, en una mañana algo avanzada, todo comienza a tener sentido.
Apagas el grifo y te recreas con el vaho del espejo. No te secas, buscas algo de frío que revitalice la circulación por tus venas. Casi sin vestir, abandonas el baño envuelto en la toalla. Llegas al dormitorio y, mientras buscas algo de ropa en la más absoluta soledad, unos gritos resquebrajan la tranquilidad del momento. Sales buscando, husmeando, pero ¿qué exactamente?
Sabes lo que te espera pero, por un morbo descontrolado, quieres comprobarlo con tus propios ojos. Con sigilo, cruzas la cocina y depositas tu mano sobre el pomo de la puerta del salón. Giras noventa grados y sientes cómo el albedrío de las voces se paraliza ante un denso silencio.
Y allí estaban, tal y como te lo habías imaginado, o quizá rememorado. Tres personas sumidas por el desfase, cuba libre en mano y con unas pequeñas motas blancas en la nariz. En la cubitera apenas nadan un par de trozos de hielo y los ceniceros subsisten bajo una sobredosis de colillas.
Las voces comienzan a recuperar su brío anterior al distinguirte. Tú aceptas una cerveza, algo caliente ya, pero te resistes a entrar en el círculo espídico de aquella mesa. No son horas, te repites buscando el autoconvencimiento. Mientras bebes, observas las dilataciones de pupilas, las conversaciones inconexas, los exabruptos, las risas, la descordinación motora y, sin embargo, te entristeces al ver cómo los lúcidos comentarios son cercenados por las burlas. En seguida compruebas que la embriaguez absoluta, el desfase, es para compartirlo en igualdad de condiciones y, como no son horas (vuelves a repetirte), vas a por un abrigo y huyes hacia la calle.

Madrid, 10 de Mayo

En dos días comienzo un hipócrita curso para volver a convertirme en teleoperador. No me apetece una mierda, no quiero hacerlo y, sin embargo, allí estaré el miércoles a las diez de la mañana, como un clavo y aparentando ser una persona afortunada.
Ahora que sé lo que me espera a partir de julio y durante todo el año que viene (esto último sin confirmar hasta finales de mes), no quiero sentir que pierdo el tiempo dando tumbos entre llamada y llamada de teléfono. Pero, ¿no sería mayor pérdida estar todo el día sin hacer nada? No lo sé, pero es mi consuelo.
Eso sí, este espacio mermará en cantidad y calidad. Tendré poco que contar y mucho que callar. Seré un zombie sin maldad, un cuerpo que viene y va, alguien del que nada se puede esperar. Si al menos hubiera cogido fuerzas estos últimos días...

Madrid, 5 de Mayo

Las diez de la mañana. Subía el Paseo de Delicias como el cordero que va al matadero. Los pasos se sucedían en contra de mi voluntad, pero a favor del viento de la necesidad. 80, 78, 76... Los números de los portales decaían al mismo ritmo que mi ímpetu. Y Madrid se mantenía al margen. Las cafeterías presentaban un aspecto saludable, los tintineos de las cucharillas en las tazas de café eran continuos y el humo de los cigarrillos ocupaba los pocos espacios que se atisbaban entre cabeza y cabeza. La calle, iluminada por los primeros rayos de sol, alquilaba sus aceras al vaivén incesante de pies firmes y decididos. Todo parecía tener sentido, incluso lógica, menos mis dubitativos pasos.
Y llegué al 32. El portal me arrancó una sonrisa irónica. Estaba oscuro, como mi presente. Reirte de tus desgracias es buena terapia, pensé, y subí cada uno de los peldaños que me conducía al primer piso repasando mentalmente lo que debía contar en la entrevista para que no dudaran en seleccionarme. Con completa austeridad en los gestos faciales, la mujer de recursos humanos fue escudriñando mis posibles cualidades para el trabajo. No sé si le gustó mi experiencia profesional pero sí que me escuchaba con atención cada vez que le razonaba las similitudes entre periodismo y marketing. Unas mentiras más o menos a estas alturas no me sonrojan, aunque sí que me hacen sentir hipócrita y poco comprometido conmigo mismo.
Una media hora duró el servicio de prostitución. Al salir, me apresuré para llegar a la parada de autobus. Quería llegar a casa y tampoco sé muy bien por qué. Quizá para poder desahogarme, quizá por vergüenza, o puede que también fuese por envidia. La calle seguía animada y yo, un animal con un pedazo menos de alma que vender.