Y no comenzó bien el año. O al menos no comenzó como habían prometido los estertores de 2009. La fábula de la lechera irrumpió en la realidad en su fase más agorera: se rompió el cántaro. Una destitución no esperada y una mala gestión basada en palabras y no en papeles truncó un nuevo año rebosante de retos laborales.
Aquella fría mañana del cuatro de enero, fecha que hasta ese momento siempre había sido sinónimo de felicidad, congeló mi esperanza. Estaba de nuevo en el despacho de Almagro 28, pero las caras que me recibieron denostaban incredulidad y tristeza a partes iguales. Unos ojos serenos me comunicaron, casi sin pestañear, que no iba a haber contrato ni trabajo, al menos de momento. Sentí un inmenso escalofrío que se cebó con mis cuerdas vocales. Me quedé mudo, sin respuesta, hundido. Los segundos me fueron centrando en la nueva situación sin saber bien cuál podía ser ahora la dirección a tomar. Tras intentar, en vano, cualquier tipo de vínculo con la agencia para no perder de vista la oportunidad, cogí mi abrigo y, mientras giraba el pomo de la puerta, rogué que me comunicasen por teléfono cualquier novedad.
Salí de aquel sinfín de oscuros pasillos absorto. No podía concebir ninguna idea que me sacase de aquel pozo y deambulé por las calles. La lluvia me empapaba el rostro y los charcos embadurnaban los bajos de mis vaqueros. Consumido en lamentaciones, llegué a la conclusión de que no ha existido jamás una mañana tan triste en mi vida. Me sentí abandonado y traicionado. Al llegar a Fuencarral, levanté la vista por primera vez desde que salí por aquel portón inmenso de madera. A mi alrededor se veía a la gente feliz. Varias familias disfrutaban de las vacaciones navideñas sin ninguna preocupación aparente, todo eran juegos y sonrisas. Sentí envidia y rabia. Yo sólo quería un trabajo que no se caracterizara principalmente por su labor denigrante y, al parecer, es lo que me espera más pronto que tarde. Me habían vuelto a cerrar la puerta en mis narices y, además, esta vez, me habían arrancado gran parte de mi esperanza.
Al llegar a Sol decidí cambiar el chip. Me ayudó el recuerdo de ella. Ambos habíamos estado dos semanas separados y depositamos mucha ilusión en los días que se avecinaban. En ese momento era lo único que sabía que no me iba a fallar y decidí aferrarme a ese proyecto de semana feliz. Y así fue. Un día de Reyes mágico, recuerdos del verano, sofá, cama y bares. Y como colofón a esa semana mágica, un viaje a Granada. Ni el frío que soplaba desde Sierra Nevada pudo congelar esa escapada. Casi todo salió a pedir de boca. Realmente ha sido ella la que ha recargado mis baterías y me ha recordado, sin pronunciar palabra, que no me puedo rendir ante nada, que no vine a perder.
Tenemos que ganarle la batalla a Madrid, Javi. Si no son las mujeres cabreadas tendremos que buscar a hombres enfadados o a mujeres felices.
ResponderEliminar¡Ánimo!