Madrid, 27 de Junio

Arranca el último día bajo una tibia madrugada. El armario, la cómoda, el escritorio y las paredes me observan recelosos, huérfanos de mis enseres y recuerdos. Y yo lagrimeo. Sé que voy a echar de menos estos axfisiantes seis metros cuadrados a los que he dedicado mis más sinceros improperios. ¿Síndrome de Estocolmo? Sería una explicación bastante cínica. La realidad es que ha sido esta habitación la primera en darme la oportunidad de alcanzar mi sueño y yo nunca he dudado en que la abandonaría más pronto que tarde. Siento una especie sin catalogar de culpa.
Llevo semanas preparándome para la marcha y sé que he errado en mi afán autocompasivo. Me he repetido hasta la saciedad que voy a afrontar un paréntesis productivo (tanto como para el alma como para el bolsillo) para regresar a una vida mejor que la de este año con el fracaso de no haberme convencido casi en ninguna ocasión. Además, he intentado comportarme más gilipollas que nunca con ella con el estúpido objetivo de que sintiera con menos nostalgia mi marcha. Y no sólo no lo he conseguido ni un ápice, encima he desperdiciado los últimos días de vino y rosas.
Y lo que más me jode es tener que poner este punto y aparte. Yo no quería volver bajo ninguna circunstancia. Por mucho que se disfrace, es regresar con el rabo entre las piernas. Es no haber alcanzado nada de lo propuesto. Tanto es así, que el año que viene, al menos en este instante, el rumbo del barco será totalmente distinto al que me marqué antes de emprender la aventura.

Con la mirada y esperanza puestas en octubre... Hasta entonces.

Madrid, 16 de Junio

Una mala gripe no me ha dejado disfrutar en su justa medida del corte de mangas dedicado a mi ex-coordinadora de teleoperadores. Le dije adiós de la forma más ácida que se me ocurrió, dejando entrever que no sólo me iba, sino que nunca había estado. Ahora, a la espera del finiquito, que sumado a lo que me debe hacienda y a la fianza del casero, será mi financiación durante los próximos tres meses. Vuelve a tocar ahorrar.
Por otro lado, creo que tengo ganas de volver. Madrid debe cambiar en varios aspectos para terminar de sentirme como en casa. Por un lado, las viviendas, tanto la suya como la mía, deben fusionarse en busca de algo distinto a la infame incomodidad que hoy desdibuja nuestra intimidad. Por otro lado, las compañías, que este año apenas ha habido y que el próximo, con un máster como escenario, florecerán para sazonar la vida en su justa medida. Y, cómo no, el trabajo. Puede que sean los mismos que este año, pero cambiará lo más importante, la actitud que muestre ante ellos. Ya no será la única vía para sobrevivir, sino el medio que mantenga las ilusiones.
Me quedan 12 días aquí antes de marchar con el disfraz de emigrante. Es irónicamente bello que alguien vaya al sur en busca de trabajo y dinero que necesita en el norte. Homenaje a la tierra de uno.
Las verjas electrificadas del centro de conversión infantil pausaron su actividad para dejar salir a los alumnos. Fuera, los progenitores se apresuraban para recoger a sus hijos antes de que algún acto de violencia callejera se cirniera sobre las calles. El padre abrazó a su vástago entre la multitud y se apresuró para meterlo en el hidroauto. De regreso al hogar, el chaval sacó su lector y, tras una breve golpe de vista, se avalanzó sobre el asiento del piloto.
- Papá, ¿qué es el socialismo?
- Fue un pensamiento político que nació a mediados del siglo XIX.
- ¿Un pensamiento político?
- Sí, a finales del segundo milenio las personas se reunían y discutían cuál era la mejor manera de organizar el mundo.
- Ahhh... Y, ¿quién lo ideó?
- Karl Marx, un señor que nació en el satélite neoamericano, que antes se llamaba Inglaterra.
- Jajaja, Inglaterra. Que nombre más ridículo.
- Es la represantación real de la fábula de cazador cazado, pero es una historia muy rocambolesca como para explicártela aún.
- Bueno, ¿y por qué se le ocurrió el socialismo a Marx?
- Creía que los modelos de producción los debían controlar los trabajadores.
- ¡¡¿Los qué?!!
- Bueno, a los esclavos humanoides antes se le llamaban trabajadores.
- ¡Qué raros eran esos humanos prebilderberianos! ¿Y en nuestra región del águila rojigualda hubo ese socialismo?
- Lo cierto es que nunca destacó demasiado, pero existieron algunos brotes verdes.
- Y ya no hay, ¿verdad?
- Bueno, puede que quede alguno.
- De esos que llevan pintura morada en sus águilas de las camisetas.
- ¿Quién te dijo esa chorrada?.
- Me lo contó mi neoeducador. Además nos advirtió que no nos acerquemos, que nos pueden pegar alguna enfermedad venérea. ¿Y cuando desapareció el socialismo? ¿Quién lo destruyó?
- La verdad es que no hubo una guerra de ideas realmente, fue más bien un suicidio político, aunque hay quien dice que lo destruyó nuestro sistema neocon.
- ¿Y cuando ocurrió?
- No se sabe a ciencia cierta, pero hay una teoría que dice que entre 2008 y 2012 las garras de tu águila desgarraron al socialismo.
- Es que el águila es única, grande e invencible. ¿Y tu crees que fue así?
- A mí me gusta creer que fue un hechizo maya lo que nos llevó a esto.
- ¡¿Eso qué es?!
- Cosas de tu padre, no le des importancia y corre a jugar con el sistema de realidad virtual.

Las ásperas lágrimas del padre fue lo único que mojó el acerado aquel turbio día de lluvia ácida.

Martes, 1 de Junio

Son las tres de la mañana. Los ojos amenazan con cerrarse, pero mi mente quiere seguir despierta. A estas horas, bajo la oscuridad y el silencio, en armónica sintonía con la soledad, es cuando más vivo me siento. Recupero sueños, ilusiones y sentidos que se disipan por falta de atención. Rechazo rutinas, hastíos y rencores que he acumulado a lo largo de un lastimoso año.
Entonces, dibujo unas aulas llenas de voces; confesiones entre humo y café; tardes perdidas que acaban en un brindis, garabatos en folios desordenados, libros subrayados, proyectos inacabados que sueñan con epílogos; tensiones de biblioteca y juergas que celebran cualquier resultado o situación.
Veo como todos estos actores se desenvuelven en el escenario perfecto: un piso en el que confluirán todas las sensaciones que, este año, por circunstancias ajenas a la voluntad, se han tenido que reprimir más de lo deseado.

Supongo que por eso no quiero cerrar los ojos y dormir. Mañana volverá la mierda en su textura más amarga. Mañana volveré a pedir la hora. Mañana, hasta las nueve de la noche, no seré mínimamente feliz. Sólo espero que un pasado mañana no frustre el próximo curso... Si fuese así... ¡Qué carajo, no puede ser así!

Madrid, 20 de Mayo

Hola buenas tardes, soy Carlos Martín. Le llamo de Iberia Plus, de su programa de puntos, encantado de saludarle señora.

Recuerdo la cantidad de personajes y trabajos que inventaba en las paradisíacas noches jacksoneras. Qué apasionante era jugar a ser redactor jefe de El País, o corresponsal de Onda Cero, o director de comunicación de alguna consejería. Qué divertido era ver los ojos hipnotizados en aquellas inocentes muchachas que escuchaban con atención. Qué lujurioso era comprobar el efecto que producían las mentiras edulcoradas con alcohol.

Y qué sumamente triste es escuchar... Gracias, pero no estoy interesada, y volver a marcar otro inhóspito número.

Madrid, 17 de Mayo

Te despiertas un día, con algo de resaca. Buscas, torpemente, algo de líquido en la nevera que te ayude a digerir los últimos síntomas de la abstinencia alcohólica. Con la garganta algo más relajada, alejándo ya cualquier paralelismo con un volcán en erupción, te diriges a la ducha. El agua cae ante la pasividad de tu cuerpo. No hay movimiento que impida que la gravedad relaje tus músculos. Por primera vez, en una mañana algo avanzada, todo comienza a tener sentido.
Apagas el grifo y te recreas con el vaho del espejo. No te secas, buscas algo de frío que revitalice la circulación por tus venas. Casi sin vestir, abandonas el baño envuelto en la toalla. Llegas al dormitorio y, mientras buscas algo de ropa en la más absoluta soledad, unos gritos resquebrajan la tranquilidad del momento. Sales buscando, husmeando, pero ¿qué exactamente?
Sabes lo que te espera pero, por un morbo descontrolado, quieres comprobarlo con tus propios ojos. Con sigilo, cruzas la cocina y depositas tu mano sobre el pomo de la puerta del salón. Giras noventa grados y sientes cómo el albedrío de las voces se paraliza ante un denso silencio.
Y allí estaban, tal y como te lo habías imaginado, o quizá rememorado. Tres personas sumidas por el desfase, cuba libre en mano y con unas pequeñas motas blancas en la nariz. En la cubitera apenas nadan un par de trozos de hielo y los ceniceros subsisten bajo una sobredosis de colillas.
Las voces comienzan a recuperar su brío anterior al distinguirte. Tú aceptas una cerveza, algo caliente ya, pero te resistes a entrar en el círculo espídico de aquella mesa. No son horas, te repites buscando el autoconvencimiento. Mientras bebes, observas las dilataciones de pupilas, las conversaciones inconexas, los exabruptos, las risas, la descordinación motora y, sin embargo, te entristeces al ver cómo los lúcidos comentarios son cercenados por las burlas. En seguida compruebas que la embriaguez absoluta, el desfase, es para compartirlo en igualdad de condiciones y, como no son horas (vuelves a repetirte), vas a por un abrigo y huyes hacia la calle.

Madrid, 10 de Mayo

En dos días comienzo un hipócrita curso para volver a convertirme en teleoperador. No me apetece una mierda, no quiero hacerlo y, sin embargo, allí estaré el miércoles a las diez de la mañana, como un clavo y aparentando ser una persona afortunada.
Ahora que sé lo que me espera a partir de julio y durante todo el año que viene (esto último sin confirmar hasta finales de mes), no quiero sentir que pierdo el tiempo dando tumbos entre llamada y llamada de teléfono. Pero, ¿no sería mayor pérdida estar todo el día sin hacer nada? No lo sé, pero es mi consuelo.
Eso sí, este espacio mermará en cantidad y calidad. Tendré poco que contar y mucho que callar. Seré un zombie sin maldad, un cuerpo que viene y va, alguien del que nada se puede esperar. Si al menos hubiera cogido fuerzas estos últimos días...