Madrid, 10 de Marzo

Hay ocasiones en las que te sorprenden, otras en las que te impresionan, pero hay muy pocas en las que sientes un agarrotamiento de palabras en la garganta al tiempo en que te invade el rostro una expresión pueril y de felicidad inocente. Ayer me recorrió el cuerpo esta sensación por segunda vez en mi vida.
Recuerdo, con el más mínimo detalle, la primera. Yo tenía ocho años y era un seis de enero a las nueve de la mañana. Llevaba más de tres años consecutivos dejándome las yemas de los dedos en correspondencia mágica hacia los Reyes de Oriente. Por activa y por pasiva había rogado que dejaran en el árbol de Navidad una videoconsola, pero mis incesantes intentos habían resultado siempre en vano. Sin embargo, aquella fría mañana, mis plegarias tuvieron un eco positivo. Mis padres, que tomaban café esperando a que yo despertara, me seguían cámara de fotos en mano. Yo abrí, con las legañas todavía de orgía por mis ojos, la puerta del salón expectante. Y allí estaba, sin envolver. No podía ni acercarme a ella. Era tanta la dosis de alegría que me dediqué, durante unos minutos, a dar vueltas alrededor de mis padres gritando, entre sollozos. "¡No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... Por fin!". Tras superar el shock inicial, corrí raudo a ponerla en funcionamiento y disfrutar de aquella maravilla. Pasaron dos horas como si fuesen escasos minutos y mis padres me arrancaron de mi entretenimiento para poner rumbo a una comida de reyes en familia. Resignado, la apagué promientiéndole que regresaría lo antes posible.
Ayer me volvió a ocurrir. Aquellos dos minutos de cadena de regalos volvieron a emocionarme por encima de mis expectativas. Tras un maravilloso y gráfico repaso a once meses de felicidad, ella colocó en mis manos dos maravillas en blanco bajo la firme afirmación de que sólo quedarán conclusos cuando yo los inunde de garabatos. En ese instante, tuve la incontrolable inercia de avalanzarme sobre sus labios, pero ella me contuvo. Me instó a buscar una nueva pista que me trasladaría al mejor de mis sueños. Era tanto el nivel de emoción e incredulidad que no supe descifrar aquella fotografía más allá de las dos palabras que aparecían. Ante mi torpeza, ella me empujó al altillo, y allí estaba, majestuosa, antigua, bañada de la magia que sólo pueden poseer aquellos objetos con los que sueñas desde hace años: una maravillosa máquina de escribir. Como cuando tenía ocho años, me hubiera gustado quedarme a solas con ella, para juguetear y trastear, pero entonces entendí que el verdadero regalo no era la máquina, sino el compartir el tiempo con alguien que se desvive por conocerte y hacerte feliz.
Las gracias se quedarían muy cortas, así que me tendré que esperar al día 21.

1 comentario:

  1. Que orgullo el de que compares lo de ayer con un recuerdo de tu infancia...
    Mereces que se cumplan cada uno de tus sueños y yo trataré de colaborar en todos los que pueda, sobre todo si llevan consigo dosis de romanticismo, nostalgia y todas esas sensaciones que puedo compartir contigo como jamás lo hice.
    Yo tampoco te puedo dar las gracias por esto...
    Pero sí, has conseguido lo que te proponías ;)

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